En una carta a un amigo, Manuel Lorenzo de Vidaurre, que había sido oidor de la Audiencia de Cusco y conocía a Pumacahua, lo describió como «apasionado […] carente de toda razón y movido únicamente por sus sensaciones» (1971). Veinte años después de la rebelión, Bartolomé Herrera, un intelectual público que de niño había vivido con su familia en Cusco durante esa gran revuelta, la recordaba así: «No sé si el movimiento fue un acto de inspiración poética o […] un acto irracional. […] [Los rebeldes] concebían la independencia peruana y el retorno del imperio inca como una sola y la misma cosa» (1929, p. 89). Hacia mediados del siglo XIX, la mayoría de los intelectuales públicos estaban en favor de la independencia del Perú, pero seguían convencidos de que los indígenas todavía eran incapaces de actuar como adultos racionales, y un Estado autoritario tendría que disciplinarlos. La rebelión de Huanta El movimiento de Huanta comenzó a fines de 1825 en una zona remota y pobre del altiplano de Ayacucho, poblada por aldeanos indígenas, granjeros, propietarios de fincas y muleteros. En contraste con sus pares de Cusco, los rebeldes de Huanta querían anular la independencia y restablecer los lazos coloniales entre el Perú y España. Como los rebeldes cuzqueños, estos insurgentes también utilizaban la terminología católica y se empeñaban en borrar las distinciones étnicas y de clase entre ellos. El movimiento, sin embargo, nunca obtuvo un amplio apoyo más allá de un pequeño territorio del altiplano (Méndez, 1996). Los cabecillas del levantamiento eran muleteros y no sacerdotes y caciques indígenas. Los granjeros y dueños de plantaciones de Paraíso, Laupay, Choimacota y otros lugares de las tierras bajas tropicales cultivaban coca y utilizaban a los muleteros para vender sus cosechas y comprar papas, trigo, ovejas y otros productos a los aldeanos indígenas del altiplano frío de Sec Sec, Huaillay, Caruahuran y Uchuraccay y las zonas circundantes. Los muleteros iban y venían y a menudo pasaban semanas en los senderos. A la noche solían descansar en tambos del camino, en compañía de sus pares y de trabajadores estacionales que iban o volvían de las fincas donde se cosechaba coca. De tal modo, los muleteros tenían la oportunidad de establecer estrechos lazos entre sí y con los trabajadores estacionales, los productores de coca y los aldeanos indígenas, todos los cuales dependían de ellos para su subsistencia y para recibir noticias de sus familias cuando estaban lejos de casa. Los líderes más importantes de la 77
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