La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

otros, 1974[1814]). Los miembros del sector civil se instalaron en los conventos de La Merced y San Francisco, desde donde procuraron administrar justicia y gobernar las zonas en posesión de los rebeldes. Designaron jueces y les encargaron la resolución de las disputas de tierras entre los residentes y el castigo de los soldados rebeldes acusados de violar mujeres y robar caballos y cosechas. Con el fin de proteger a los funcionarios coloniales de la amenaza de violencia del populacho, dispusieron su traslado de Cusco a un recinto en el pueblo de Paucartambo. Además de cobrar impuestos a los residentes y alquileres a los comerciantes que tenían tiendas o puestos en la plaza principal de la ciudad, los administradores rebeldes organizaron partidas de trabajo para despejar y reparar caminos y puentes, impartir educación a los niños, mantener la provisión de carne, verdura y papas en los mercados locales y controlar los precios de estos productos de acuerdo con las normas de la «economía moral». Publicaron además panfletos en español y quechua y los hicieron circular entre los aldeanos criollos e indígenas dentro y fuera de la zona, con la intención de persuadirlos de apoyar la rebelión de Cusco (Angulo, Moscoso & Vargas, 1974a[1814]; 1974b[1814]). El ala militar del movimiento, que se hacía llamar «ejército de la opinión pública», contaba en su mejor momento, a fines de septiembre de 1814, con alrededor de cincuenta mil hombres (Ugarte, López de Neyra, Villacorta y otros, 1974[1815], p. 138). La fuerza más nutrida permanecía en Cusco, en defensa de la capital rebelde. Otros tres grupos se apoderaron de grandes sectores de Arequipa, Puno y Ayacucho y en el camino reclutaron partidarios locales en zonas rurales y urbanas. Hacia el final del mes, el movimiento rebelde controlaba la parte sur del país y se aprestaba a atacar Lima. En Arequipa, la única «ciudad blanca» del sur, los vecinos de piel clara vivían aterrorizados ante las «hordas indias» que ahora patrullaban las calles y hacían guardia en todos los edificios públicos. El comportamiento de los rebeldes era ordenado y disciplinado (Angulo, 1974[1813]). Hasta el virrey reconoció que habían sido «benévolos» en el trato dado a los soldados capturados; actuaban como si fueran «huéspedes agradecidos» y no como un «ejército triunfante» (Abascal, 1972). Su conducta convenció a un pequeño número de criollos blancos de Arequipa y Lima, las ciudades más racistas del Perú, de que algunos indígenas habían conseguido refrenar sus pasiones y transformarse en adultos racionales. Estos criollos eran partidarios de la autonomía. 75

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