Es importante señalar que Vizcardo y Guzmán defendía la autonomía, pero nunca había contemplado en lo más mínimo la posibilidad de independizarse de España. Los funcionarios municipales de la ciudad de México y otros ayuntamientos de la región propiciaban la autonomía local por razones similares (Vizcardo y Guzmán, 1877). La abrumadora mayoría de los disturbios y rebeliones indígenas en el campo, incluida la más grande de todas, la de Túpac Amaru (1770), se organizaron en protesta contra funcionarios demasiado rigurosos y las exageradas exigencias del consumo forzado (Coatsworth, 1988, pp. 2162)65. A veces se acusaba a funcionarios locales y caciques aldeanos de dar rienda suelta a sus pasiones en vez de contribuir a la difusión de la civilización. En Chayanta, Bolivia, aldeanos aimaras organizaron una rebelión regional contra ellos en la década de 1770; cuando su líder, Tomás Catari, fue arrestado y encarcelado, le preguntaron por qué se habían alzado en armas. Catari contestó que estaba en la cárcel «sin más mérito que un mero antojo y atrocidades y pasión con que ejecuta mi señor corregidor de la provincia de Chayanta» (citado en Serulnikov, 1989, p. 45). Los aldeanos se sublevaban porque estaban convencidos de que los funcionarios actuaban de manera irracional. Los párrocos de Cochabamba (Bolivia) y otras zonas remotas a menudo acusaban a los terratenientes de comportarse irracionalmente, y en sus sermones persuadían a los indígenas de que era racional robarles66. En el Perú y otras colonias, las élites y la gente del común se valían de métodos similares para determinar si una persona actuaba racionalmente o no, pero evaluaban sus comprobaciones a la luz del contexto específico y las condiciones particulares en que tenían lugar sus actos. Aun el robo, como he señalado en el párrafo anterior, podía considerarse racional en ciertas circunstancias. En otras palabras, siempre había un «hiato fronético» —para tomar la expresión de Charles Taylor (1995)— entre la definición abstracta de la racionalidad y el «conocimiento local» que se requería para entender su significado específico. Así como Immanuel Kant definía la Ilustración como el «libre uso» de la «razón teórica», los pueblos coloniales de América Latina se apoyaban en el juicio práctico para decidir si un acto o un enunciado en la vida pública eran razonables o no. Según la doctrina católica, la ley divina era de validez universal; no obstante, como la naturaleza del mundo humano era la mudanza perpetua, la gente debía ejercer su juicio a la luz de la 64
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