La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

España se situaban en niveles más altos de la «gran cadena del ser» que cualquier persona de las colonias (Lovejoy, 1936, pp. 58-59). Juicio práctico, racionalidad y pasión Los pueblos coloniales, los funcionarios estatales y los eclesiásticos examinaban recíprocamente sus comportamientos en la vida pública a fin de determinar si actuaban de manera racional o no. En la década de 1790, los miembros de Concordia, el principal salón de Quito, dedicaron varias sesiones a discutir el mejor modo de estudiar las pasiones, y concluyeron: ¿Se desea saber cuál es el defecto dominante o cuál es la pasión favorita que subyuga a un individuo? Pues poned en balanza, a un mismo tiempo, dos grandes pasiones de aquellas de que se le cree más dominado. Haced que ambas concurran juntas, en un punto indivisible de circunstancias morales, que obliguen indispensablemente al hombre a la elección decidida y nada dudosa del partido que toma; y luego sabréis cuál es la que arrastra imperiosa todas sus acciones, todos sus empeños, todas sus miras (Santa Cruz y Espejo, 1912). En las colonias, ni las élites ni las personas del común solían embarcarse en discusiones metodológicas tan explícitas y sistemáticas, aunque, como lo sugieren los ejemplos presentados más adelante, funcionarios estatales, eclesiásticos, criollos de piel clara e indígenas utilizaban métodos similares al recién expuesto para evaluar las acciones y motivaciones de los otros, y las expresaban públicamente en el lenguaje de la pasión y la razón. El principal deber de los funcionarios del Estado y la Iglesia en América Latina era racionalizar la vida colonial e inculcar a la población de las colonias hábitos de orden y disciplina. Pero los funcionarios estatales eran los primeros en reconocer, como cuadraba a un buen católico, que eran pecadores como cualquier otro mortal. En la década de 1780, un funcionario colonial de Piura (norte del Perú) denunciaba a sus colegas de la región: Esta es la alternativa del Perú y esta la batalla de las pasiones en que la codicia y obstinación son una venda de los ojos que con la boca dura del deseo, rompe las riendas de la ley […] [y obra] como fiera el que corregido pudiera hacer una generosa carrera (citado en Brenot, 1990, p. 38)64. También los miembros de la Iglesia eran mortales pecadores. Aun el arzobispo del Río de la Plata (Argentina), Joseph Antonio de San Alberto, uno de los defensores más firmes de la ortodoxia religiosa en América 62

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx