La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

miembros de la familia y otros ámbitos semiprivados. Ninguna de las dos concepciones tenía nada que ver ni con la de la Ilustración escocesa, fundada en la «simpatía mutua», ni con la de Rousseau, apoyada en la «asociación voluntaria». Los virreinatos de América Latina tenían el mismo estatus jurídico y político que los demás reinos (Aragón, Navarra, Nápoles, Milán, Flandes, etcétera) que formaban parte del imperio español. Aunque la región era parte del imperio, el rey consideraba que pertenecía a su feudo personal. Los americanos eran sus vasallos porque todavía se los juzgaba como niños irracionales y no como una sociedad plenamente madura y constituida, similar a cualquiera de las existentes bajo el Antiguo Régimen. Como antes he sostenido, los pueblos coloniales eran incapaces de funcionar como un repositorio del poder divino, y tampoco cabía esperar que suscribieran ningún pacto sociopolítico con su monarca. Habida cuenta de que no podían generar ningún poder social, no tenían derecho a contar con su propio parlamento ni a participar en los asuntos públicos americanos. Si el monarca español les hubiera concedido un parlamento y cierto grado de autogobierno, habría estado habilitado, paradójicamente, a despojarlos de aún más riqueza sin correr grandes riesgos. Pero esta alternativa nunca se contempló, porque en el marco colonial católico se seguía concibiendo a los pueblos coloniales como niños irracionales y, por lo tanto, ineptos para ejercer el autogobierno. Sin embargo, luego de que Napoleón invadiera España y capturara al rey Fernando VII, los americanos fueron invitados a participar en las Cortes de Cádiz, como una manera de reconocer que una pequeña parte de los pueblos coloniales del Nuevo Mundo había llegado a la adultez. Pero como la mayoría seguía presa de sus pasiones, solo pudieron enviar un delegado cada cien mil habitantes, mientras que en España la proporción era de uno cada cincuenta mil (Flórez Estrada, 1812, pp. 66-75, 145-148 y 185; Berruezo, 1986, pp. 28-29). El método de selección de los delegados también era diferente. En España las elecciones eran directas y populares; aun los plebeyos votaban. En América Latina, los únicos en condiciones de elegir eran una cantidad minúscula de miembros de la élite blanca que ya tenían intervención en los ayuntamientos de toda la región. Los americanos seguían siendo vistos como niños en una época en que los monárquicos liberales de las cortes ya consideraban como adultos incluso a los «órdenes inferiores» españoles (de Mier, 1988; Castillo Meléndez, Figallo Pérez & Serrera Contreras, 1994)63. Plebeyos y gente del común de 61

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