Los funcionarios estatales idearon un método socioeconómico de consumo forzado cuyo nombre era «repartimiento», con el fin de «civilizar» a los pueblos indígenas que vivían en lugares remotos del interior. Los funcionarios locales visitaban sus aldeas al menos una vez al año para actualizar el censo. En función del número de residentes en cada aldea, la comunidad estaba obligada a comprar cierta cantidad de ropa, herramientas y aguardiente que debían pagar en dinero contante y sonante; de este modo, los aldeanos se veían en la necesidad de trabajar cada vez más días al año por un salario en las fincas de los alrededores. Al forzarlos a abandonar su forma «incivilizada» de vida basada en la agricultura de subsistencia y el trueque para entrar al «mercado», los funcionarios estatales procuraban que los grupos indígenas superaran sus hábitos irracionales y adquirieran autodisciplina (Hamnett, 1981; Cebrián Moreno, 1977; Tord Nicolini, 1974; Larson & Wasserstrom, 1982)61. La vida colonial y el pacto sociopolítico De acuerdo con la doctrina católica, Dios investía de poder divino (potestas) a la comunidad y al soberano y les prohibía que se lo disputaran. Pero como el gobernante y el gobernado no podían ejercer su poder de manera simultánea, tenían que acordar cuánto de él transferirían al otro y cuánto retendrían en sus manos. Según los «regalistas», la comunidad transfería todo su poder al monarca, y una vez que convenía en hacerlo, no podía reclamarlo ni quitárselo al soberano. Los «comunitarios» discrepaban. A su entender, la comunidad nunca entregaba todo su poder al rey; antes bien, solo transfería una parte. Por lo demás, si el rey violaba los «derechos naturales» de la comunidad, los miembros de esta podían legítimamente reclamar todo su poder y utilizarlo para derrocar al monarca (tirano). Según esta perspectiva, Dios había infundido en la comunidad derechos naturales, unos derechos que eran «prepolíticos» y no estaban sujetos a pacto alguno (Labrousse, 1942; Hamilton, 1963; Stoetzer, 1979; Halperín Donghi, 1985). Pero en América Latina, los pueblos coloniales seguían presos de sus pasiones irracionales, como señalé antes, y eso los incapacitaba para ser repositorios del poder divino. Las peculiaridades de la vida colonial latinoamericana modificaron radicalmente la interpretación católica de los pactos sociopolíticos. Los latinoamericanos de la colonia no podían transferir ningún poder al monarca español ni investirlo con él, porque no 59
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