La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

También se utilizaban técnicas visuales como herramientas pedagógicas para difundir las prácticas y formas de vida racionales entre los indígenas y otros individuos analfabetos. Las celebraciones religiosas y cívicas abarcaban no menos del 25% del año calendario (sin incluir los domingos) (Curcio, 1993; Acosta Vargas, 1979, pp. 23-40 y 54-82; Barrán, 1989, pp. 54-57). A fines de la década de 1790, luego de que el obispo Antonio San Miguel prohibiera las celebraciones religiosas en el pueblo de Silao, en la región del Bajío de México, porque habían degenerado en juergas de borrachos, los líderes de varias cofradías indígenas se reunieron con él y le solicitaron que levantara la prohibición. Los dirigentes, que hablaban con fluidez en nahua y castellano, explicaron la importancia de esas celebraciones para sus cofrades: «como las puertas de su intelecto están selladas contra cualquier plática, es menester penetrar por los sentidos para que perciban algo o se formen una idea de los misterios de la religión» (citado en Brading, 1983, p. 19). Con frecuencia, las festividades cívicas y religiosas eran la ocasión de violentos altercados, gran consumo de alcohol, bailes lascivos y canciones obscenas, y suscitaban dudas acerca de su eficacia como herramienta pedagógica para enseñar a los analfabetos a domeñar sus pasiones (Villarroel, 1785, pp. 505-506). En una carta al visitador José Antonio de Areche, Juan Manuel Moscoso, obispo de Cusco, también se inquietaba ante la posibilidad de que las técnicas visuales contribuyeran a difundir la irracionalidad. La exhibición pública de símbolos e iconografía incaicos reavivaba en los indígenas el recuerdo de la conquista y agitaba sus pasiones: Son los indios una especie de racionales en quienes hace más impresión lo que ven, que lo que se les dice. [En Cusco] tienen a los ojos las imágenes de sus ascendientes, los escudos con que ennoblecían los Reyes a sus abuelos y es consiguiente presten adoración a los que consideran autores de sus honores y se inclinan a aquellos de quienes les viene esta dicha, y de aquí una memoria tan viva de sus estatutos que ya desearían se renovasen aquellos imaginarios siglos de oro en que apetecen vivir y disfrutar (citado en Hidalgo Lehuede, 1983, p. 129)59. A fines del siglo XVIII, los virreyes mexicanos prohibieron a los párrocos la puesta en escena en el atrio de sus iglesias de «La conquista de México» y otras obras, ya que temían que esto «despertara evocaciones en los indios y reviviera su recuerdo de lo que había sucedido a sus ascendientes» (Villarroel, 1785, p. 95)60. 58

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