La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

En el caso de los mestizos, la mezcla entre individuos de diferentes orígenes raciales y étnicos y distinta capacidad racional era responsable de su temperamento impulsivo e irracional. Los hijos de mestizos heredaban esas mismas características de sus padres y las transmitían a su descendencia. Los funcionarios del Estado y la Iglesia consideraban el entrecruzamiento como la prueba de que los mestizos no eran aún adultos autodisciplinados, y se sentían obligados a terminar con él. A fines de la década de 1770, los funcionarios estatales de toda América Latina aprobaron y llevaron a la práctica la «Pragmática Sanción» que pretendía contener el cruce entre etnias y razas. En lo sucesivo sería necesario presentar documentación probatoria de los orígenes étnico raciales de los niños y obtener la autorización de sus padres y párrocos. Entre 1785 y 1810 se presentaron a los magistrados de la provincia de Buenos Aires más de doscientos casos de entrecruzamientos sospechosos. Los jueces aprobaron el 45% de las uniones calificándolas de «racionales», y rechazaron el 55% restante por ser «irracionales» (López, Martínez, Rodríguez & Rodríguez, 1973, pp. 779-802; Rípodas Ardanaz, 1977, pp. 307-314)58. Los indígenas o «naturales», como se los denominaba en los documentos oficiales para distinguirlos de las «personas de razón», eran considerados menores de edad. Se estimaba que su desarrollo moral y cognitivo era el de un niño de alrededor de siete años. El derecho colonial les prohibía entablar relaciones contractuales; si lo hacían, el convenio se consideraba nulo y sin valor. Como la abrumadora mayoría de los indígenas no sabían leer ni escribir, los funcionarios eclesiásticos y estatales tenían que apoyarse fundamentalmente en métodos orales, visuales y corporales para inculcarles hábitos e inclinaciones racionales (Cañete y Domínguez, 1952, pp. 515-521; Cintrón Tiryakian, 1976; González Casanovas, 1989). En el confesionario, los sacerdotes exhortaban a los indígenas a romper con las nociones comunitarias de acción e individualidad, para lo cual les enseñaban a dejar la voz pasiva y hablar en voz activa. El manual confesional de mayor circulación era el de Alonso de Molina y Juan de la Anunciación, traducido al nahua y varias otras lenguas indígenas y reeditado en muchas ocasiones. El manual indicaba a los penitentes que «nunca [debéis] decir que el diablo me llevó a hacer esto, o que mis amigos y parientes me obligaron a pecar. […] [Al contrario,] tenéis que haceros responsables de vuestros actos» (citado en Gruzinski, 1986, pp. 12-13). 57

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