analizar el mundo que los rodeaba, en cuanto se decía que contenía huellas ocultas de la intención divina (ley natural). Pero como los seres humanos eran mortales y, por lo tanto, defectuosos incluso de nacimiento por tener la mancilla del «pecado original», no cabía esperar que se comportaran como ángeles. Los católicos aceptaban el hecho de que en ocasiones serían tentados por Satán y su banda de ángeles caídos (Cervantes, 1994). Para superar sus «pasiones irracionales» y recuperar su capacidad de libre albedrío, se contaba con que los católicos habrían de mantener su fidelidad a la Iglesia y obedecer todas sus enseñanzas. La Iglesia estaba allí para permitir aun al pecador de voluntad más débil alcanzar la salvación. Una de las más conmovedoras y memorables expresiones de esa lucha entre las fuerzas de la fe racional y la pasión irracional se encuentra en un poema escrito por una monja jerónima, Juana Inés de la Cruz (1651-1695), la más grande escritora mexicana: En dos partes dividida tengo el alma en confusión: una, esclava a la pasión, y otra, a la razón medida. Guerra civil, encendida, aflige el pecho importuna (1999, p. 112)50. Para un lector tardomoderno, el poema se refiere a la atracción de la autora por una tensión irresuelta entre el placer erótico y la vida mental. Las mujeres emancipadas de esa época, en especial las monjas enclaustradas, sentían este dilema con tanta intensidad como Max Weber y otros escritores de la última modernidad. Sin embargo, en contraste con nosotros, sor Juana y sus contemporáneos lo abordaban en términos católicos y no cartesianos. Por nuestra parte sentimos que el poema alude a la escisión entre «la mente y el cuerpo»; para ella, habla de las exigencias contradictorias que vivenciaba como consecuencia de su compromiso con la fe racional, al mismo tiempo que reconoce su incapacidad para domeñar sus pasiones irracionales, entendidas desde un punto de vista agustiniano como libido dominandi, el deseo de poder, gloria y fama que, según los católicos, es un sentimiento absolutamente «natural» en los seres humanos (Deane, 1963; Gilson, 1948)51. El hecho de que sor Juana no adjuntara los adjetivos «racional» e «irracional» a los sustantivos «fe» y «pasión», respectivamente, es otra indicación de que ella y nosotros vivimos en mundos diferentes y hablamos diferentes lenguajes. 52
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