(Gruzinski, 1990; Charney, 1998). Aunque la Iglesia nunca les diera una patente y se negara a reconocer su devoción a uno u otro santo, los miembros acudían en tropel a las hermandades y las convertían en grandes centros de formas populares de religiosidad. En la competencia entre ellos por el control financiero e institucional de esos grupos, los sacerdotes, paradójicamente, se veían en la necesidad de concederles cierta independencia. Pero lo cierto es que los funcionarios estatales y eclesiásticos podían, si tenían que hacerlo, decretar la desaparición de las cofradías. Recuérdese que en 1791 el virrey de México suprimió alrededor de cuatrocientos treinta de los novecientos cincuenta grupos religiosos que intervenían en la vida pública, y que entre 1805 y 1809 el Estado confiscó casi todo el dinero de las restantes cofradías (Gruzinski, 1988; Hamnett, 1988; Diez Hurtado, 1993). A pesar de los muchos ejemplos de autonomía institucional expuestos por los estudiosos, las cofradías religiosas nunca consiguieron, en resumidas cuentas, independizarse de la iglesia católica y el Estado absolutista colonial. CATOLICISMO, INDIVIDUALIDAD Y VIDA PÚBLICA En el siglo XVIII los latinoamericanos utilizaban la terminología católica para comprender sus diferencias en la vida pública, de la misma manera que hoy la mayor parte de los académicos y los ciudadanos recurren a una terminología economicista para hacerse una imagen de la suya. Ser en un mundo católico La doctrina católica procuraba conciliar el «determinismo divino» y el «obrar humano». En la terminología aristotélica de la época, si bien Dios era a la vez la «fuente original» y el «resultado final» de la historia humana, cada persona era directamente responsable de vincular ambas dimensiones. Sin el obrar humano, la influencia de Dios en los asuntos mundanales no se concretaría, lo cual imposibilitaría a los creyentes a alcanzar la salvación eterna (Gilson, 1936; Knowles, 1962)49. Pero sin la guía divina, la acción humana perdería el hilo y el rumbo. Dios acompañaba a su pueblo durante su peregrinaje en la Tierra, pero la intervención humana dada forma al derrotero real del viaje. Dios había creado a los seres humanos a su propia imagen y semejanza, y les había infundido la capacidad de la «fe racional». Se alentaba a los católicos a estudiar ciencias naturales, matemática y filosofía a fin de 51
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