La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

lugar de trabajo (Lavrín, 1980, p. 568). Organizadas por feligreses devotos de un mismo santo, tenían estrechos lazos con la Iglesia. La pertenencia a estos grupos estaba limitada a las personas de un mismo origen étnico racial, y por lo común los integraban individuos que eran del mismo oficio o profesión y vivían en la misma parroquia (plateros, carpinteros, comerciantes, abogados, médicos, etcétera) (Martínez, 1989; Socolow, 1976; de la Cruz, 1985; Reid-Andrews, 1980). Las cofradías cobraban a sus miembros una pequeña suma en concepto de inscripción y una cuota mensual, y a cambio les proporcionaban créditos y préstamos, caridad asistencial y un modesto estipendio para cubrir los gastos funerarios cuando morían, así como una asignación mensual para sus viudas y huérfanos (Lavrín, 1990; Meyers & Hopkins, 1989; Belinger, 1990; Pareja Ortiz, 1991). Las cofradías más ricas también eran propietarias de granjas, rebaños de ganado, talleres textiles y fincas que arrendaban y con los que obtenían sustanciosos ingresos. Los eclesiásticos ejercían una firme autoridad sobre las cofradías urbanas, pero no se mostraban igualmente eficaces cuando se trataba de controlar a los grupos rurales conformados por indígenas. Sus medios de lograrlo eran varios. Para que una cofradía fuera reconocida como tal, sus miembros debían solicitar a la Iglesia una «patente», que rara vez se les otorgaba a menos que el párroco correspondiente interviniera en su respaldo, cosa que este solo hacía si los miembros ya habían manifestado su lealtad y aceptado proveerle de un ingreso. Cada cofradía tenía sus propios sacerdotes, que eran responsables de ocuparse de los asuntos religiosos y espirituales de los cofrades. Los curas también concurrían a reuniones mensuales, participaban en las discusiones, intervenían en las elecciones anuales de directivos y siempre procuraban poner la mano en el libro mayor para saber cuánto dinero podían pagar los miembros por sus servicios. En el Viejo Mundo, los sacerdotes obtenían la mayor parte de su ingreso de los diezmos; en América Latina, en cambio, debían contar con las cofradías, otra indicación de la íntima relación que existía entre estos grupos y la Iglesia (Van Oss, 1986; Carmagnani, 1988; Brading, 1989; Graff, 1973). Pero aun los sacerdotes más celosos tenían que limitarse. Si no lo hacían, los integrantes de la cofradía podían elegir a un nuevo consejero espiritual, trasladarse a otra parroquia o decidir boicotear los servicios religiosos y privar al cura de un arancel adicional. En las zonas rurales, los cofrades a veces disolvían sus cofradías para reorganizarse en una «hermandad» 50

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