Occidental, y lo había implantado en una sociedad colonial latinoamericana que era relativamente débil y desorganizada. En el Nuevo Mundo los funcionarios estatales tenían escasas dificultades para mantener el control de los grupos de la élite y el pueblo llano, tanto en las zonas urbanas como en las zonas rurales. El Estado colonial expandió sus dimensiones burocráticas en América Latina mediante la subordinación y la conversión de la iglesia católica en un organismo oficial como cualquier otro. A cambio de auxiliar a los sacerdotes en la tarea de convertir a los indígenas al catolicismo, los funcionarios estatales tenían la facultad de designar al personal eclesiástico, controlar sus finanzas, asesorar en cuestiones doctrinales y litúrgicas, zanjar disputas entre obispos y otros miembros de la jerarquía y negociar directamente con el Papa en lo concerniente a una amplia gama de asuntos de índole política39. Con la incorporación de la Iglesia, el Estado colonial duplicó su capacidad administrativa, lo cual le permitía ejercer un estrecho control sobre la vida pública. El Estado absolutista colonial era un poderoso mastodonte. El virrey, la Audiencia, el Tesoro Real, los capitanes generales, los intendentes y su personal administrativo tenían su sede en los centros urbanos. En contraste con las ciudades Estados libres de Europa, las ciudades latinoamericanas estaban bajo el control de los funcionarios oficiales. Los intendentes regían los ayuntamientos en toda la región, incluyendo los más importantes de México y el Perú40. Los funcionarios del Estado ejercían un «gobierno directo» en las ciudades, pero se apoyaban en funcionarios locales y párrocos para establecer un «gobierno indirecto» en el campo. Aunque eran pocos y estaban muy dispersos por el interior, los funcionarios y sacerdotes mostraban una inusual eficacia en la recaudación de impuestos y diezmos, la provisión de justicia, el mantenimiento de la paz social y la propagación del catolicismo. Su éxito estaba determinado en gran parte por su aptitud para forjar alianzas con los caciques aldeanos. El establecimiento y la ruptura de los lazos entre funcionarios, curas y caciques era una constante, y el muy intenso faccionalismo que se generaba con ello hacía, paradójicamente, que la vida social y administrativa del interior disfrutara de mucha estabilidad41. El sistema de pesos y contrapesos creado por ellos fue de sumo beneficio para las poblaciones rurales. En palabras de Carlos de Croix, el gran virrey mexicano: 44
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