CAPÍTULO 2. SOLOS EN PÚBLICO: PRÁCTICAS INSTITUCIONALES Y VIDA COLONIAL Funcionarios estatales, eclesiásticos, colonos, mercaderes extranjeros, científicos naturales y viajeros del Viejo Mundo que llegaban a América Latina durante la colonia se sorprendían por las peculiaridades de la vida colonial. A fines de la década de 1760, durante su estadía en la ciudad de México, Francisco de Ajofrín, un monje capuchino, las describió con cierta impresión de prodigio: […] todo es aquí [en el Nuevo Mundo] al revés de la Europa: las basquiñas en la cabeza; las enaguas por fuera; los niños a las espaldas; los descalzos venden zapatos; los desnudos, vestidos; las lagunas dan más carne que pescado […]. Volcanes no de fuego, sino de nieve, ¡cosa rara! (1958-1959,I, p. 84). Ajofrín describe las holgadas enaguas de algodón usadas por las mujeres indígenas; a las criaturas envueltas en mantas que las madres llevan a la espalda; a los plebeyos pobres de toda pobreza que venden zapatos y vestidos a los transeúntes; el carnoso huachinango del lago Texcoco, y el gran volcán Popocatepetl. El Nuevo Mundo también era peculiar en otros aspectos. En contraste con el Antiguo Régimen en Europa Occidental, la vida pública en la América Latina colonial fue atrofiada desde el comienzo, y seguiría siéndolo hasta la independencia. Las razones de ello se vinculan al tipo específico de Estado absolutista, nobleza aristocrática, relaciones étnico raciales, vida asociativa y vocabulario católico colonial que florecieron en la región. EL ESTADO ABSOLUTISTA COLONIAL Hacia fines del siglo XVI, mucho antes de que los Borbones franceses centralizaran y racionalizaran el poder, el reino español de Castilla ya se había organizado como un Estado moderno, el primero de Europa 43
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