de todo el continente se aliaron con jefes tribales. A cambio de la preservación del «orden público», se otorgaba a esos jefes un poder absoluto en sus aldeas, que se transformaban así en feudos personales. Con ello, los funcionarios coloniales quedaban en libertad de concentrar su atención en el mantenimiento del control en las zonas urbanas. A partir de la década de 1920, gran cantidad de pobladores rurales habían emigrado a esas zonas en busca de trabajo y nuevas oportunidades. Para mantener el control de las ciudades, los funcionarios coloniales de Sudáfrica y otros lugares hacinaron a los inmigrantes negros en poblaciones separadas (apartheid) y los segregaron sobre la base de la identidad tribal y étnica, dificultándoles el contacto mutuo. Las innumerables sociedades funerarias, asociaciones crediticias, clubes deportivos y grupos musicales que surgieron en cada población fortalecieron las identidades tribales y étnicas de los inmigrantes y desalentaron el desarrollo de un sentido de la nacionalidad o la ciudadanía. No obstante, los inmigrantes que volvían a sus aldeas llevaban consigo las destrezas cívicas y organizacionales que habían adquirido en esas asociaciones urbanas, y las utilizaron para cuestionar a los jefes tribales de sus comunidades. La difusión de cooperativas agrícolas, milicias «populares» y tribunales en esas aldeas contribuyó a democratizarlas y —un hecho de la misma importancia— permitió a los residentes cobrar conciencia de que las divisiones entre ellos eran políticas y no solo tribales. La «destribalización» de la vida aldeana se acompañó de la «desracialización» de la vida urbana en todo el continente, desde Ciudad del Cabo hasta Kampala. A partir de la década de 1960, el Congreso Nacional Africano y otros movimientos de liberación enviaron organizadores a las poblaciones para reclutar miembros de las asociaciones locales. Hacia la época en que se levantó la proscripción que pesaba sobre el Congreso, este tenía ya una sólida base entre los negros de las ciudades, la mayoría de los cuales se identificaba más en términos nacionalistas que étnicos o raciales. Tras la independencia, el Congreso Nacional Africano, como su par de la India, se convirtió en un partido único de Estado y utilizó todos los poderes legales y administrativos a su alcance para desmantelar el sistema de apartheid racial que seguía vigente. La política de «africanización» llevada adelante por el partido tropezó con la resistencia de los supremacistas blancos y de los negros que todavía se identificaban desde un punto de vista tribal, lo cual no hizo sino impulsar a los funcionarios gubernamentales a actuar con mayor determinación en la 36
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