La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

reclamó para sí el Nuevo Mundo e implantó una parte de su aparato organizacional en una sociedad colonial que era relativamente débil y desorganizada. Respaldados por ese poderoso y mastodóntico aparato, los funcionarios coloniales procedieron a tomar un control directo y ejercer un virtual monopolio sobre la tierra, la mano de obra, el crédito y otras fuentes de poder, incluyendo la riqueza mineral (plata y oro), e impidieron así que la élite urbana y rural significara un desafío para ellos, como había ocurrido en Europa Occidental y América del Norte. La urbanización reforzó la difusión del centralismo autoritario por toda la región. En contraste con el caso de Europa Occidental, el Estado colonial estableció sus principales cuarteles generales en los centros urbanos y se valió de sus recursos organizacionales para dominar a mercaderes, artesanos y otros grupos sociales que habían tenido un papel clave en la introducción de la democracia en el Viejo Mundo, antes de trasladarse al interior y hacer lo mismo entre la élite terrateniente y los aldeanos indígenas. Los funcionarios estatales crearon una enorme red de patrones y clientes a lo largo y lo ancho de la región, transformando a los latinoamericanos en pasivos dependientes del Estado (Véliz, 1980, pp. 411, 47-52, 62-81 y 218-236). La doctrina católica, con sus nociones organicistas, jerárquicas y corporativistas de la vida pública, sirvió para legitimar el gobierno absolutista en la región (pp. 24 y 189-216). Los eclesiásticos inculcaron a los latinoamericanos ideas fanáticas y autoritarias con las que los hicieron hostiles al liberalismo y la democracia (pp. 11, 148, 163, 168, 179-182 y 295). El «legado hispánico» es responsable de la tradición «autoritaria» de América Latina y de transformar el continente entero en una «jaula de hierro». En su libro, Dependencia y desarrollo en america latina, Fernando H. Cardoso y Enzo Faletto (1979) presentan la descripción marxista más convincente de la vida pública en la región. Los integrantes de esta escuela coinciden en varios aspectos básicos (Cavarozzi, 1982; Stein & Stein, 1970; Evans, 1979; Zeitlin, 1984; Bergquist, 1976; Paige, 1997). El tardío ingreso al mercado mundial puso a los empresarios latinoamericanos en una posición característica de desventaja frente a sus pares de Europa Occidental y América del Norte (Cardoso & Faletto, 1979, pp. 29-73). Hacia la época en que los primeros entraron al mercado, la división internacional del trabajo ya se había estructurado y estaba destinada a satisfacer las necesidades socioeconómicas de los países desarrollados, lo cual socavaba la aptitud de aquellos empresarios para sacar a sus países del 31

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