honor, luego una banda, la compañía de bomberos de Lima […], los estibadores […], una serie de asociaciones de artesanos que llevaban los retratos de Sucre y Pardo [presidente del Perú], una segunda banda militar […], estudiantes de la Escuela Técnica, estudiantes de la escuela de Guadalupe, estudiantes de San Marcos […], otra banda […], una carroza con los retratos de Bolívar y La Mar […], después los miembros de la Sociedad de Amantes del Saber, el Club Literario, un grupo que enarbolaba las banderas de todos los países latinoamericanos, otra banda […], oficiales militares y soldados, seguidos por veteranos de las guerras de la independencia […], una carroza con retratos de San Martín y Páez, sin ningún héroe peruano (La Opinión Nacional, 1874b; 1874c, pp. 2-3). La interpretación de cada grupo del desfile nos da una pista para saber cómo se imaginaban los peruanos a sí mismos. El remolque plano de los estibadores, un viejo y desvencijado carro, no estaba a la altura de la misión de transportar a la «Libertad» por la plaza, pero no la despojaba de su dignidad. La persona que sobre el carromato iba ataviada como la Libertad tenía el cometido de proporcionar a los espectadores una lectura autorizada y «canónica» de esa incongruencia. La segunda carroza con los magos se basaba en un motivo religioso (la Epifanía). Negros y blancos se situaban unos al lado de otros, para representar el encuentro entre el Viejo y el Nuevo Mundo y la idea de la igualdad social y la libertad racial. La presencia de los negros en esa carroza camuflaba la cuestión «indígena», que para los peruanos seguía siendo un problema más difícil de abordar. A la tarde la representación pasó del modo alegórico al modo literal, que invitaba a los ciudadanos a autorrepresentarse (Pitkin, 1967, pp. 60-111). Estudiantes, maestros y asociaciones tenían un lugar destacado en el desfile, en tanto que el ejército, que como señala el observador no había producido un solo héroe desde la independencia, quedaba relegado a la retaguardia de la columna. Ahora se consideraba que el fundamento del patriotismo residía en los civiles y no en los soldados (La Patria, 1874, pp. 1-2). Era muy poco habitual que se representara a los pueblos indígenas en monumentos públicos y museos arqueológicos, y cuando se los exhibía se lo hacía de la manera más degradante y despectiva, lo cual les dificultaba verse como parte de la vida pública. En 1868, Ignacio Manco Ayllón, un artesano de sangre indígena, inició en Lima una campaña para construir una estatua pública en honor a Huayna Cápac, un noble inca cuyos restos 240
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