La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

[Al principio de la celebración] Toda la población se divide entonces en dos bandos: los indios y los mestizos; hasta la plaza mayor del pueblo es dividida en dos partes, en las que se reúnen por separado las dos razas. La fiesta se celebra en cuatro etapas y cada una dura ocho días, de modo que los festejos se extienden por todo el mes. […] En los dos días principales de la fiesta hay procesiones, pero también estas se realizan separadamente. El día de la Asunción, los indios sacan en procesión a la imagen de la Virgen, acompañados por grupos de bailarines disfrazados con fantásticos trajes o el rostro cubierto con máscaras que representan animales feroces. Ocho días después —la octava— la Virgen sale nuevamente en procesión, esta vez llevada por los mozos […] estos se limitan a quemar cohetes y petardos […]. Si el párroco no es demasiado exigente [en materia de ortodoxia religiosa], se le permite encabezar la procesión; pero si se empecina, la imagen es sacada de la capilla sin la venia del cura (Middendorf, 1973-3, p. 46). Como en Lima, los eclesiásticos habían perdido gran parte de su autoridad pública. Las fiestas de Carnaval celebradas a fines de la década de 1870 en varias plantaciones azucareras del valle de Cañete, no muy lejos de Lima, se transformaron en una de las masacres más horrorosas en la historia del Perú poscolonial. Negros y mestizos masacraron a más de mil quinientos trabajadores chinos en una sola tarde. Un contemporáneo describió así la matanza: Los negros y cholos de ese lugar llevan treinta años de odio gratuito por esos infelices inmigrados […]. El fútil pretexto inmediato fue una reyerta habida entre un chino y una negra, por haberlo mojado esta a aquel en el juego de Carnaval. El Carnaval fue de sangre […]. Los asiáticos sorprendidos, indefensos, ignorantes de su culpabilidad, eran muertos a palos, a machetazos, a pedradas, a cuchillo […]. Los cadáveres de los chinos eran arrojados fuera, al medio del patio señorial, en donde […] servían de profanación báquica y canibalesca a las mujeres y a los muchachos. Las mismas negras que habían compartido el contubernio regalado de las víctimas, escarnecían sus cuerpos mutilándolos y poniéndolos por irrisión en la boca entreabierta, figurando un cigarrillo, los miembros ensangrentados y palpitantes que les amputaban (Arona, 1891, pp. 99102). La violencia vertical que había impregnado la sociedad peruana tras décadas de guerra civil se había convertido en violencia horizontal e internalizada entre grupos plebeyos. En ellos, la xenofobia racial y étnica era mucho más fuerte que cualquier sentido de la nacionalidad. 238

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