La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

Las asociaciones educacionales organizaron una campaña de alfabetismo en Lima y otros lugares a fin de alentar a las familias pobres a enviar a sus hijos a la escuela. Los maestros ridiculizaban con frecuencia a las familias analfabetas, lo cual generaba resentimiento y temor en los padres (García Calderón, 1860b, pp. 306-307; Zegers, 1861, pp. 114-115 y 127). Como en su mayoría estos trabajaban y no podían asistir a la escuela, sentían como una amenaza la posibilidad de perder autoridad una vez que sus hijos y sus esposas supieran leer y escribir. Los integrantes de los grupos educacionales los visitaban en sus casas y les aseguraban que eso no ocurriría: La instrucción de hombres y mujeres siempre es útil. En el caso de los varones, una vez que saben leer y escribir pueden pasar sus momentos de ocio estudiando manuales técnicos y literatura moralmente edificante. […] En el caso de las mujeres, la escuela es una necesidad aún más apremiante […]; la mujer es la responsable de educar a nuestros hijos. Es un error liso y llano suponer que la educación despertará sentimientos de envidia y ambición, y nada más. Después de todo, la instrucción que proponemos es tanto moral como intelectual (García Calderón, 1860b, pp. 306-307). Como parte de esta campaña, los grupos cívicos creaban bibliotecas barriales e instaban a niños y adultos a concurrir a ellas: No hace falta que una pequeña élite instruida conduzca a las masas grises y oscuras a la ilustración; la era de la tutela ha terminado y la ciencia y el aprendizaje ya no son un privilegio aristocrático. […] Los libros han destruido todas las formas de esclavitud […] y, con la invención de la imprenta, pueden comprarse a precios accesibles. […] Es preciso dar a los libros la oportunidad de penetrar en nuestra conciencia, y que no sigan siendo el patrimonio de las clases altas. […] De todas nuestras instituciones democráticas, las bibliotecas populares son las únicas que satisfacen las necesidades de nuestras clases inferiores, para las que la instrucción es más imperiosa que para los otros grupos. (…) El espíritu asociativo nos ha ayudado a crear bibliotecas populares y nuestro deseo de educarnos ha acrecido su número (El Nacional, 1879, p. 2). En las escuelas primarias se hacía leer a los alumnos el catecismo político de Francisco de Paula González Vigil, el Catecismo patriótico. Esta obra se reeditó como opúsculo para estudiantes no menos de diez veces entre 1858 y 1880, y los diarios de todo el país lo publicaron en innumerables ocasiones a pedido de las escuelas que no podían solventar la compra de ejemplares. La influencia de diarios y opúsculos sobre la 236

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