La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

incontables artículos en muchos diarios del país entero en su defensa: «el levantamiento está hoy en el centro de la opinión pública: todo el mundo debate sobre él y lo evalúa» (Vásquez, 1976, pp. 138-140 y 224). También tradujo al quechua muchos de los informes que presentaba al Congreso, y sus miembros los repartían entre las comunidades indígenas de los Andes. El grupo también presionó al gobierno central para que publicara unos mil ejemplares del diccionario español quechua de José de Anchorena (1873). Esta obra permitió a los aldeanos con capacidades de lectoescritura mejorar su dominio del español y enseñarlo a otros integrantes de la comunidad. En 1885 estalló otra rebelión indígena en el pueblo de Huaylas (Ancash), a unos setenta kilómetros al norte de Lima. Una vez más, los terratenientes y funcionarios gubernamentales de la región y oficiales del ejército nacional describieron la asonada como una «guerra de castas» contra los criollos de piel clara. La mayoría de los autores públicos de Lima proclamó su apoyo a los rebeldes indígenas: Si es cierto que la rebelión india es una guerra de castas contra los blancos, que constituyen menos de una sexta parte de la población total del país, nos encontramos en medio de una crisis nacional de enormes dimensiones. […] Hemos estudiado la cuestión y publicado los hechos a nuestro alcance, que nos llevan a concebir las cosas de otra manera. […] No se trata de una guerra de castas: no es más que una protesta armada –justificada, para más datos– a raíz de los abusos perpetrados contra los indígenas por algunos funcionarios del gobierno (citado en Stein, 1988, pp. 105-106 y 148-149). Poco después, El Comercio publicó la siguiente carta a la redacción, que sintetiza muy bien el cambio que se había producido en la esfera pública en relación con los pueblos indígenas: Es alentador comprobar que hay en el Perú alguien realmente interesado en los indios de este país, y no solo en lo que ocurre en Rusia, Turquía o el Sudán. El aprecio que el autor siente por los indios peruanos es mucho más digno de nota, porque contrasta directamente con los alardes de nuestros grandes capitalistas acerca de la necesidad de matarlos […] y reemplazarlos por culis chinos. Sin estos indios, ¿creen en verdad esos caballeros que el Perú puede gobernarse o defenderse? (Anónimo d, 1885, p. 3)174. Los indígenas tenían ahora un lugar en los debates públicos, si bien este cambio no parece haber mejorado de manera significativa sus oportunidades de vida. 235

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