La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

criollos de piel clara en la conducción y bases compuestas sobre todo de mestizos e indígenas. Con la intensificación de la guerra, los diferentes grupos guerrilleros del valle se vieron obligados a unirse y asistirse unos a otros en la defensa de sus respectivas comunidades. Esto alentó a los combatientes rebeldes y sus familias a concebirse como peruanos y no solo en términos étnicos o comunitarios. Los rebeldes de esta zona, fueran o no indígenas, pusieron la soberanía nacional por encima de las diferencias raciales, étnicas y de clase, y si atacaban a los terratenientes lo hacían no por el color de su piel sino porque eran antipatrióticos (Manrique, 1981b, pp. 179, 198-199, 207, 380-383 y 399-400; Bonilla, 1974, p. 229; Mallon, 1995, pp. 176-220; Moreno de Cáceres, 1974, pp. 46-47 y 78-79). Este enclave de democracia jacobina es significativo porque muestra que el nacionalismo campesino, tanto en el Perú como en otros lugares, es posible si se dan ciertas condiciones especiales. Sin embargo, no transformó la vida política de manera duradera (Taylor, 1996,.; Kapsoli, 1977, p. 78; Burga & Flores Galindo, 1979, p. 8; López Albújar, 1936, pp. 75-76, 92-93, 120-124 y 268-275). Las expresiones de nacionalismo patriótico también eran escasas entre los sinoperuanos de Lima. El odio racial y étnico era particularmente intenso entre los plebeyos, que gracias a la guerra tuvieron la oportunidad de manifestarlo con una ferocidad poco común en tiempos de paz. En el verano de 1881, algunos días antes de la ocupación de Lima por el ejército chileno, la comunidad china celebró en su barrio del centro de la ciudad la derrota del ejército peruano. Daniel Riquelme, un general chileno, describió lo sucedido: La numerosa colonia china […] enarboló en sus casas la bandera de su nación al saber la noticia de nuestro triunfo en Miraflores, confiada en que los peruanos no habían de caer en la cuenta. Preparaba, además, una gran fiesta a puerta cerrada […]. El populacho arrancó las banderas, y de ahí a violentar las puertas y saquear, incendiar y matar como doscientos asiáticos, todo fue obra de un instante (1967, p. 148). De hecho, los tumultos tuvieron un saldo de trescientos residentes muertos y pérdidas de bienes por un valor de cinco millones de pesos (Guerra Martinière, 1991, pp. 59-71). Si las compañías de bomberos de la ciudad no hubieran intervenido y acordonado el área, la masacre habría sido peor. En el interior se produjeron matanzas similares, que examinamos en el próximo capítulo. 226

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