rivales. Quienes estaban en contra de la cesión, los llamados «rojos», eran liderados por Andrés Cáceres, mientras que los «azules», que estaban a favor, tenían en Miguel Iglesias a su conductor. En octubre de 1883 los azules, con asistencia militar y logística de los chilenos, libraron combate contra los rojos y los derrotaron en la batalla de Huamachuco (Comisión Permanente de Historia del Ejército Peruano, 1983). Poco después, Iglesias se autodesignó presidente. En su retirada del país, las tropas chilenas se detuvieron en una localidad tras otra y reemplazaron a los funcionarios rojos por funcionarios azules, permitiendo así que Iglesias tomara el control administrativo y político del Perú (Manrique, 1981b, pp. 132-160, 237-240, 244-245 y 262). Un diplomático inglés señaló: «la autoridad del general Iglesias solo durará mientras esté apoyada por las bayonetas chilenas» (citado en Bonilla, 1974, p. 255)171. Una vez consolidado su poder, los iglesistas organizaron un plebiscito para ratificar la cesión de Tarapacá a Chile. Notables locales de Cerro de Pasco (Junín), Huánuco (Ayacucho), Chincha Alta (Ica), Cusco y Vilcabamba (Cusco), Cajamarca (Cajamarca) y varias otras ciudades encabezaron rebeliones populares contra la coalición azul, a la que consideraban como un mero gobierno títere (Manrique, 1981b, pp. 222-227, 248, 262 y 298-299; Bonilla, 1974, pp. 226-227 y 254). El patriotismo tampoco abundaba entre el pueblo llano del país. A comienzos de la guerra, más de veinte mil indios de lenguas quechua y aimara del altiplano andino fueron reclutados a la fuerza en sus aldeas y se los hizo marchar hasta Lima, en la costa. Su misión era defender la capital de la nación contra la invasión chilena. Pocos de ellos tenían alguna idea acerca de a quién combatían y por qué. Adriana de González Prada, esposa de uno de los principales escritores peruanos, dedicó varios días a visitar y hablar con los reclutas recién llegados. Vale la pena citar la comprensiva descripción que hace de ellos: Toda Lima se había vuelto un campamento militar donde venían a reunirse los indios reclutados en la sierra para formar batallones; [arrastraban] el paso, cansados antes de haber llegado […]. Las gentes de Lima compadecidas, los animaban hablándoles: «¿A qué has venido?», les preguntaban. «A matar chileno, animal grandazo con sus botas»…, contestaban ingenuamente en su ignorancia de saber contra quién iban a batirse (Verneuil de González Prada, 1947, p. 83). Durante las batallas de Miraflores, Chorrillos y San Juan, la mayoría de los soldados indígenas arrojaron sus armas, se quitaron el uniforme y 224
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