La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

de la victoria chilena radica en la relativa falta de aptitudes asociativas y disposición cívica en la élite y el pueblo llano peruanos de las ciudades y las zonas rurales de todo el país. La élite nacional residente en Lima mantuvo su división faccional antes, durante y después de la invasión chilena. En octubre de 1879, semanas antes de la invasión, Spencer St. John, cónsul británico en Lima, escribió un memorándum privado a la Secretaría Exterior en Londres, en el que describe la situación de la siguiente manera: En estos momentos parece que no hubiera gobierno en absoluto. […] El Perú parece estar atacado por la parálisis; el mismo pueblo parece tan indiferente al futuro como la clase dirigente, que piensa más en sus ambiciones personales que en el bienestar del país (citado en Bonilla, 1974, pp. 222-223). La élite limeña se negó incluso a donar grandes sumas de dinero y otorgar préstamos al gobierno municipal, que estaba encargado de financiar la defensa militar de la ciudad. El millón de pesos que el municipio pudo recaudar provino sobre todo de la plebe (Bonilla, 1974, p. 225). Según Ricardo Palma, que formaba parte de la élite, esta se mantuvo dividida luego de que los chilenos ocuparan la capital. En una carta a un amigo se quejaba de la «intriga política» y la «podredumbre» que seguía «supurando» en la élite local, y terminaba con la siguiente frase: «ya en el Perú el patriotismo es un mito» (Palma, 1964, pp. 65-66). Mientras una gran cantidad de integrantes de la élite limeña adoptaban una actitud antipatriótica, un número igualmente significativo pagaba caro su nacionalismo, entre ellos la familia Dávalos y Lissón, uno de los clanes más ricos y privilegiados de la ciudad. Los cinco hermanos de la familia ocuparon su lugar en el frente junto con indígenas y plebeyos y pelearon gallardamente contra las tropas chilenas en las batallas de Miraflores, Chorrillos y San Juan, en las afueras de la capital. Cuando los chilenos los superaron y ocuparon Lima, los hermanos se retiraron para ocultarse en la casa de sus padres. La familia Dávalos y Lissón celebró su retorno. Pedro, el hermano mayor, describe así la situación: Mi madre presidía la mesa en la cabecera; ella, mi padre y mis hermanas me hacían preguntas sobre la batalla[…]. Más tarde llegaron inesperadamente dos de mis hermanos, Enrique y Florencio. Nos dieron la triste noticia de que nuestro otro hermano, Carlos, había muerto en la batalla de San Juan[…]. A pesar de nuestra pena, nos sentíamos afortunados. Todas las familias que conocíamos también habían perdido a algún ser querido en la guerra (Dávalos y Lissón, 1947, pp. 7-9). 222

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