Markham, el naturalista, pasó alrededor de un año en la región recolectando muestras de la flora y la fauna, y señaló: He visto signos de actividad municipal. […] En Lampa intentan reanudar la manufactura de tejas vidriadas de la ciudad; en Azángaro juntaban suscripciones para construir un puente sobre el río, y uno de los integrantes del cuerpo había aportado la mitad de la suma necesaria, y en Sandia redactaban un informe sobre el estado de los caminos, con una estimación de la suma requerida para su reparación completa y la construcción de puentes. […] Los municipios de Sandia y Quiaca, sobre todo este último, tomaron medidas para impedir que me procurara una provisión de plantas o semillas de chinchona, influidos por motivos que ponen de relieve su ignorancia de la economía política, mientras desplegaban su actividad y su celo patriótico (1862, pp. 223-224). Las municipalidades se convertían con rapidez en parte del paisaje público y brindaban a sus habitantes una oportunidad de transformarse en ciudadanos con inquietudes cívicas. A pesar de su relativo éxito, no puede negarse que la vida municipal estuvo preñada de dificultades desde el comienzo mismo. Algunas de ellas eran económicas, otras, raciales, cívicas y políticas; unas y otras estaban estrechamente relacionadas. Para financiar la creación de las municipalidades, el Estado central autorizó a los funcionarios locales a transferir todo el dinero y las propiedades pertenecientes a las cofradías religiosas al gobierno municipal. A pesar de que en un principio hubo resistencias, hacia fines de la década de 1860 la ley se había puesto en ejecución en la mayoría de los lugares y los municipios contaban con el capital inicial que necesitaban para financiar la enseñanza, la asistencia social, las obras públicas y otros servicios municipales165. De allí en más, se esperaba que los municipios fueran autosuficientes en el aspecto financiero mediante el cobro de tasas a los residentes locales y los propietarios, las tarifas por el otorgamiento de licencias profesionales y los ingresos obtenidos con el arriendo de tierras públicas, la realización de corridas de toros y otras fuentes. La mayoría de los residentes del campo, sobre todo en los Andes, donde predominaban los indígenas, eran simplemente demasiado pobres para pagar impuestos, y esa es la razón por la que tantos municipios estaban quebrados y eran incapaces de proveer a sus ciudadanos los servicios más básicos. A mediados de 1869, Manuel González de la Rosa, un funcionario gubernamental de dedicación poco común, recorrió durante alrededor de un mes algunos municipios de los departamentos de Puno, Cusco, 212
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