Quien tenía las mesas había ganado la elección. Para conseguirla se necesitaban entonces golpes y tiros. Se necesitaba expulsar de la plaza al bando contrario, para que el personal de la mesa arreglara tranquilo los papeles que simulaban la elección. El tumulto, los disparos, la sangre formaban parte obligada del procedimiento tradicional (Villarán, 1962c, p. 198)160. En las provincias la violencia electoral era aún peor y se asemejaba al tipo de «combate ritualizado» que practicaban los indígenas y que hemos examinado en el capítulo 6. La mayoría de los peruanos, tanto de la élite como de la plebe urbanas y rurales, participaba contadas veces en las elecciones, dado que los «beneficios» de votar no compensaban los «riesgos»161. Con anterioridad a 1872 los clubes electorales nunca lograron ganar una sola elección municipal o presidencial. Los miembros de estos clubes se valían de la violencia física contra los funcionarios estatales a fin de plantear un reto a su control de la vida política, pero es posible que a largo plazo esta táctica, paradójicamente, haya disuadido a sus propios simpatizantes de participar en elecciones y, de tal modo, fortalecido el monopolio del gobierno sobre el campo electoral. Las elecciones presidenciales de 1872 marcaron el comienzo de la política de masas en el Perú y alentaron a muchos ciudadanos a participar activamente en ella. Por primera vez un candidato antigubernamental (Manuel Pardo) ganaba una elección. Su victoria fue posible gracias a los cientos de clubes políticos que se organizaron en todo el país. Esta profusión de vida asociativa se debió en gran parte a un cambio en el juicio cívico moral de los ciudadanos, y no a una transformación espectacular de las leyes electorales (Basadre, 1980, pp. 1-30; Chiaramonti, 1993; Peloso, 1996). Un miembro de la clase profesional limeña sintetizó así su propio cambio: «Antes nunca había pertenecido a ningún club político y solo me había preocupado mi propia carrera, pero ahora he decidido participar [en esta elección]» (El Comercio, 1866d, p. 2). La mayoría de los peruanos se concebían ahora como adultos racionales capaces de autogobierno, y estaban preparados para desmilitarizar el Estado e investir con su sentido de la soberanía las instituciones gubernamentales: En esta época, el ejército deja ya de simbolizar la vida del Perú: es una carrera secundaria, igual a las demás. Pero los hijos privilegiados de la patria son los artesanos, los comerciantes, los agricultores, los que se dedican a las carreras científicas y literarias (Seoane, 1873, p. 6). 206
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