[…]? Si quieren […] tener mejor personal, tomen parte en la cosa pública. Reconozcan su fuerza, tomen la iniciativa y dirijan a su voluntad la marcha del Estado (Laso, 1863, p. 104). Las observaciones de Laso se dirigían primordialmente a la élite, pero también son valederas para el pueblo llano. El Perú ya no tenía una dictadura militar, pero el ejército seguía ejerciendo una enorme influencia sobre la mayoría de las instituciones gubernamentales en los niveles local, departamental y federal, y con ello desalentaba la participación en la vida política, incluso de los ciudadanos con mayores inquietudes cívicas156. Los funcionarios municipales tenían la responsabilidad de organizar las elecciones, y se valían de diversos medios fraudulentos —llenar urnas con boletas falsas, destruir boletas, sobornar a votantes plebeyos e indígenas con alcohol, comida y dinero a cambio de su voto— con el fin de mantener el control del campo electoral157. La corrupción electoral estaba particularmente extendida en las zonas rurales, donde la mayoría de los indios son hostiles frente a todas las artimañas políticas. Los indios del interior del país oponen resistencia a la autoridad solo en casos extremos, siempre la obedecen y solo eligen a los candidatos que se les ordena elegir. Muy a menudo se les ahorra el trabajo, pues las actas del sufragio son preparadas en la capital del departamento (Middendorf, 1973, p. 251)158. Lo mismo ocurría en la mayoría de las ciudades y pueblos del interior. Los clubes electorales surgidos en la década de 1860 no eran significativos en términos cuantitativos y tampoco tenían el desarrollo socioorganizacional necesario para poder desafiar el monopolio gubernamental en el campo electoral. En realidad, eran tan débiles que sus miembros tenían que recurrir a la violencia física para arrebatar el control de los sitios de votación a los funcionarios del Estado: «La fuerza bruta se ha apoderado del terreno electoral. En vez de dejar que la voluntad del pueblo decida los asuntos públicos, nos hemos visto obligados a recurrir a la violencia, dado que es la única manera de ganar una elección» (El Comercio, 1859a)159. Vale la pena citar la siguiente descripción de un día de votación en varias parroquias de Lima: La víspera de la elección […] se reunían bandas de plebe asalariada. Allí pasaban toda la noche; se les armaba y embriagaba, y al despuntar el día se lanzaban frenéticas unas contra otras a disputarse a viva fuerza las ánforas y mesas [...]. 205
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