La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

entidades de ahorro y préstamo, al aportarles un capital inicial y asistencia jurídica y administrativa. En un comienzo, el público se negó a depositar sus ahorros en esas instituciones, convencido de que pondría todo su dinero en manos de bribones y lo perdería. Las cajas de ahorro y préstamo eran una novedad tan grande que quienes las proponían tenían que explicar a menudo su misión y objetivo al público en general: Nuestra finalidad es fomentar un espíritu de frugalidad en la población. Debemos proveer por nosotros mismos, dejar de contar con los funcionarios estatales y de suponer que no podemos lograr nada sin ellos. Debemos aprender a contar con nosotros mismos, con el poder de la asociación, el motor que hace posible todo lo demás; nuestra consigna siempre ha sido: «el poder está en la unidad» (Sociedad General del Perú, 1862, pp. 8-9). Los fundadores de estas entidades de ahorro y préstamo tenían siempre la precaución de ligarlas a la sociedad civil, incluidas las municipalidades, y no al Estado, del que la ciudadanía todavía desconfiaba. La caja de ahorro y préstamo de Lima tuvo un éxito instantáneo; hacia fines del primer año manejaba 711 cuentas con un total de 86.770 soles y un valor promedio de 122 soles. La mayoría de los clientes provenían de los estratos medios de la vida económica (Camprubí Salazar, 1968, pp. 52-55). Las entidades de este tipo no aceptaban que el saldo de las cuentas fuera superior a algunos cientos de pesos, una política destinada a impedir que los banqueros y la élite acaudalada se apoderaran de ellas; en palabras de un miembro fundador: «nuestra meta es mejorar la situación económica de los trabajadores, y por eso solo aceptamos sumas pequeñas» (Camprubí Alcázar, 1957, p. 11; Basadre, 1961-4, p. 1808; Quiroz, 1991, pp. 447476). Varios bancos hicieron ofertas para comprar la caja de ahorro y préstamo de Lima y dieron su garantía de que el dinero de los clientes tendría un rendimiento más elevado, pero la propuesta fue rechazada. Las entidades de ahorro y préstamo con respaldo municipal hicieron mucho para mejorar las oportunidades de vida de la ciudadanía en materia económica. La Sociedad de Crédito (1871), con unos cincuenta y seis miembros, y la Asociación Económica de Empleados (1874), que congregaba a alrededor de doscientos empleados públicos, compartían la convicción de que «la asociación y el crédito se han convertido en las principales fuentes de cambio de nuestro siglo» (Martí, 1871, pp. 5 y 10; El Trabajo, 1874, p. 2). La Sociedad ofrecía viviendas a precios accesibles a sus miembros, en tanto que la Asociación era una cooperativa de consumo donde sus 196

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