asamblea general, los accionistas del Banco Nacional «hicieron saber que desconfiaban de los directores» (El Comercio, 1877g, p. 2; Banco de Crédito Hipotecario, 1876, pp. 17-20). El Comercio y otros diarios importantes publicaron la noticia del incidente. Los directores cedieron ante la opinión pública; de haberse resistido, habrían llevado a los accionistas a depositar su dinero en otra parte y desalentar a potenciales nuevos clientes. Es evidente que los bancos no eran instituciones democráticas, pero tampoco eran tan autoritarios como pretenden algunos estudiosos. Hacia la década de 1870 las entidades bancarias emitían mucho más papel moneda del que debían, sobre la base de la cantidad de plata guardada en sus bóvedas. La práctica se había vuelto una costumbre: los bancos «siempre imaginan que tienen dos, tres, cuatro y hasta diez millones de soles [en reserva], y es por eso que siguen emitiendo grandes cantidades de papel moneda. […] Pero todo el mundo sabe que, en realidad, esos billetes no valen nada; no cuentan con el respaldo de un verdadero capital» (El Correo del Perú, 1873a, p. 1). Comerciantes, empresarios y productores agrícolas confiaban en este «dinero ficticio» para realizar sus negocios. Todos ellos sabían que solo el 20% del dinero tenía respaldo en plata, mientras que, de hecho, el 80% restante no tenía valor alguno: los bancos publicaban esta información en sus informes. Sin embargo, mientras el dinero siguiera circulando y compradores y vendedores estuvieran dispuestos a «suspender la incredulidad», el dinero ficticio era tan bueno como el auténtico149. El dinero ficticio, como el parentesco ficticio, era «real» en la medida en que todo el mundo respetara las reglas del juego; en su caso específico, en la medida en que todo el mundo siguiera pasando y aceptando billetes. Pero la burbuja estalló en 1871, luego de que el precio del guano se desplomara en el mercado mundial, lo cual ponía al gobierno peruano en dificultades para pagar a los grandes bancos del país los préstamos que había tomado. Los clientes corrieron a las entidades bancarias a canjear sus billetes. Pero los cajeros solo tenían plata suficiente para canjear uno de cada cuatro (Elguera, 1908, pp. 113-149; Camprubí Alcázar, 1957, pp. 88100). Como reacción ante la crisis, la comunidad bancaria organizó una «Junta de Banqueros». Este cuerpo, que integraban los directores de los bancos y su plana mayor, fijó la proporción entre los billetes y las reservas de plata. También hizo reuniones periódicas para 194
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