privadas. La principal diferencia entre ellos y las corporaciones que examiné antes es que, por estar autorizados a emitir papel moneda y subir y bajar las tasas de interés a voluntad, los primeros tenían un impacto más grande y más directo en toda la sociedad económica, y no solo en parte de ella. Los inversores peruanos se apoyaban sobre todo en esos indicadores para calibrar el «clima de negocios» en el país. A falta de cualquier otro dato estadístico confiable, una corrida bancaria o un aumento de la tasa de interés de los préstamos tenían profundas consecuencias tanto para inversores como para consumidores. A despecho de su importancia, el Estado peruano nunca tuvo un «banco central» propio y ni siquiera trató de regular la impresión de moneda. En el Perú el sector bancario era completamente privado. Según Carlos Camprubí Alcázar, el principal estudioso del tema, el sector bancario se regulaba por medio de la opinión pública, y si bien a la larga este método resultó un fracaso, sería un error suponer que era una mera artimaña de los especuladores del guano para difundir prácticas corruptas en el sector financiero. Aunque carecían de ética empresaria, como ha sostenido Bonilla, las realidades de la actividad bancaria en el Perú los obligaron a modificar algunos de sus viejos hábitos. A fin de mantener la lealtad de su clientela, la junta directiva de cada entidad publicaba una que otra vez largos y detallados informes, con datos sobre sus activos y sus tenencias. Estos informes tenían amplia difusión y generaban muchos comentarios de los accionistas en la prensa. Tras revisar esos artículos, Camprubí Alcázar llega a esta conclusión: Si tenemos en cuenta los muchos artículos periodísticos escritos durante este período, era el público y no el Estado el que asumía la responsabilidad de supervisar las actividades bancarias. […] [La única forma de regulación que existía en la época] era la vigilancia pública, no el control gubernamental (Camprubí Alcázar, 1957, p. 176). La competencia entre los bancos era fuerte, y la opinión pública tenía un papel crucial, ya que podía hacer que los clientes se inclinaran a trabajar con uno y no con otro. Dentro de cada entidad, los accionistas eran un factor clave para poner coto a la junta directiva y obligar a los especuladores del guano a modificar sus hábitos. Los accionistas concurrían a las asambleas generales, ejercían presión sobre los directores y era sabido que también cuestionaban sus decisiones si las habían tomado de manera arbitraria y contra la voluntad de la mayoría. En 1877, por ejemplo, durante una 193
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