Barrio Chino para proteger a los residentes del lugar de lo que habría de ser el peor estallido de xenofobia en la capital de la nación hasta entonces. Los bomberos se veían a sí mismos como servidores públicos, y por eso solían negarse a actuar de serenos de las tiendas de propiedad de comerciantes extranjeros, aunque estos les habían donado grandes sumas de dinero (Compañía Salvadora Lima, 1875, pp. 61-62). Los cuerpos de bomberos eran afectos al autogobierno, pero ejercían la democracia cívica de manera no incluyente. En palabras de uno de sus miembros, la conducción en la Compañía Salvadora (1876), una de las más importantes, se basaba en «las reglas que nosotros mismos aprobamos; no reconoceremos a ningún otro dirigente que los que nosotros mismos hayamos elegido» (Compañía Salvadora Lima, 1875, p. 6). Pero la elección de las autoridades de la Salvadora y todos los otros destacamentos era en gran medida una función de la riqueza. Solo los miembros más adinerados pagaban las cuotas mensuales, que eran exorbitantes y no estaban al alcance de los miembros de base. Los primeros gozaban de derechos «activos» de voto en la compañía, mientras que los segundos tenían derechos «pasivos». Aunque no participaban en las elecciones, esto no significaba que no tuvieran voz alguna en el grupo. En 1876, como protesta, cuarenta miembros renunciaron a la Compañía Salvadora. Las autoridades cedieron a sus demandas y los reincorporaron al destacamento (El Comercio, 1876c, p. 2). Si bien practicaban el autogobierno, no todos los destacamentos de bomberos lo hacían sobre la base de procedimientos electorales. Al igual que los masones y en contraste con las sociedades de socorros mutuos, los miembros de las compañías de bomberos provenían de un mismo sector social, y por eso estas eran en su mayoría homogéneas. Los miembros reclutaban a amigos, personas que pertenecían a su mismo círculo social, aunque la admisión era un tanto meritocrática: los propios bomberos votaban a favor o en contra de un candidato. La mayoría de los destacamentos se negaban a admitir oficiales militares y soldados, por temor a que tomaran el mando y los convirtieran en parte del ejército (Prado & Lembcke, 1873, p. 6). La Compañía Nacional de Bomberos (1872), con un total de ciento veintisiete miembros, había admitido un solo soldado (Compañía Nacional de Bomberos, 1872, pp. 32-39). Campo religioso 186
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