Los municipios, con la colaboración de asociaciones locales, eran responsables de brindar asistencia social a los pobres, los necesitados y los enfermos de la comunidad. Ni unas ni otras lo hacían. En marzo de 1869, Manuel González de la Rosa, uno de los prefectos más empeñosos del Perú, emprendió un viaje de más de un mes de visita e inspección práctica de todas las municipalidades del sur del país, en los departamentos de Puno, Arequipa, Cusco y Ayacucho. Al final de su gira, informó que casi todas ellas carecían de una estructura administrativa y recursos financieros que permitieran a sus funcionarios ofrecer asistencia social a los residentes del lugar. Si bien De la Rosa era un fuerte partidario de la vida municipal, recomendó que el Estado central asumiera la plena responsabilidad por la provisión de asistencia pública (González de la Rosa, 1869, pp. 4-53). En el interior, la vida municipal agonizaba. Pero esta situación era en sí misma, según el parecer de Manuel Carrillo y Ariza, prefecto de Ancash, el resultado de la falta de espíritu cívico de los residentes locales. Esa falta de civismo se manifestaba no solo en su incapacidad de infundir vida a los municipios, sino también en la imposibilidad de organizar grupos de beneficencia y asistencia social de cualquier tipo. En opinión de Carrillo y Ariza, las comunidades locales carecían aún de «espíritu asociativo» (Carrillo y Ariza, 1874, p. 1). Otros funcionarios locales radicados o no en el departamento hacían observaciones similares acerca de la vida pública en sus propios municipios (Izaguirre, 1874, p. 1; Montero, 1874, p. 1; Cornejo, 1874, p. 1; Castillo, 1874, p. 1; Ybar, 1874, p. 1; Pacheco, 1874, p. 1; Torre, 1874, p. 1). La Iglesia Católica siguió teniendo un papel dominante en este subcampo. Antaño, con la «caridad», había dado «limosna» a los pobres y enfermos del país, pero ya no tenía ingresos para hacerlo. El Estado había confiscado la mayor parte del dinero de las cofradías, incapaces así de proveer a sus miembros. Los peruanos se quedaron sin asistencia social. Ni el Estado ni la Iglesia podían suministrar a los ciudadanos o los fieles, según el caso, una seguridad social basada en la noción de ciudadanía o una «caridad» basada en el concepto cristiano de misericordia. En el inerior los pobres eran cada vez más hostiles a la vida municipal y, en términos más generales, a la democracia cívica, y esa hostilidad llevaba a muchos a reafirmar su lealtad religiosa a la Iglesia (Basadre, 1961-4, pp. 1643-1644 y 1821). Compañías de bomberos 184
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