La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

predominaran en Veladas y los hombres en el Club Literario, un hecho que en sí mismo era un reflejo de la naturaleza de género de la producción cultural en el Perú (El Nacional, 1876a, p. 2)143. Campo recreativo La mayoría de los clubes sociales tenían su sede social, que proporcionaba a la élite un lugar para congregarse al margen de la casa en un ambiente jovial y de esparcimiento. Entre otros, el Club de Armas (1874), para tiradores, y el Club de Ajedrez (1876), para ajedrecistas, requerían que sus miembros juraran que en el edificio del club «no discutirían cuestiones políticas y religiosas» (El Comercio, 1875a, p. 2; Club de Ajedrez, 1876, p. 4). Entre los hombres de riqueza, poder e influencia, la práctica del tiro al blanco, las partidas de ajedrez y el billar eran una manera de señalar, sin perder prestigio, su disposición a sostener que «lo pasado, pisado». La sede social del club ofrecía a la élite un ámbito ideal para este tipo de señalamiento. En contraste con las salas de recibo familiares, las sedes de los clubes eran de propiedad colectiva de los socios, que habían comprado el edificio con dinero de la tesorería, procedente de las cuotas mensuales. La propiedad colectiva de la casa implicaba que ningún socio podía reivindicar una autoridad patriarcal sobre los invitados, como sucedía en los salones de las casas particulares. La sede era un terreno neutral. Su disposición interior reforzaba esta idea y fomentaba la sociabilidad. La sala común, que abarcaba la planta baja, era un amplio espacio amoblado con sofás, sillas y mesas dispuestas en grupos alrededor del perímetro, mientras que el área central, sin muebles, se reservaba para los saludos y las presentaciones de los socios. Este diseño daba privacidad a los miembros del club, pero en un contexto de visibilidad. La sala de juegos y la biblioteca se situaban en lados opuestos del salón. El intercambio de señales tenía su lugar privilegiado en la sala de juegos, «lugares de pasatiempo, donde el billar, el ajedrez, etcétera, ocupan la atención de todos y dominan por entero. Raro es allí que se converse de algo útil […]. La biblioteca […] es un puro adorno y no llama la atención de nadie» (Capelo, 1895-1902-3, p. 268). Los clubes sociales despolitizaban las relaciones sociales en la élite peruana, y también entre ella y sus pares extranjeros. El Club de la Unión (1868) reunía a líderes cívicos y oficiales del ejército que, durante las guerras civiles, habían disparado unos contra otros desde lados opuestos de las barricadas (Lemale, 1876; Martínez, 1965; Comité Directivo del Club 182

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