persona se sienta libre para expresarse, y las mujeres puedan contribuir a dar forma a las tradiciones literarias de nuestro país y tener un papel más directo en él (El Nacional, 1876b, p. 2). La concepción de la cultura nacional que propiciaba la Academia excluía a los pueblos indígenas y a casi todos los demás grupos sociales del país, desde las mujeres hasta los hombres comprometidos con la democracia cívica. Era objeto de cuestionamientos desde distintos lugares, y constituía en sí misma la prueba de que el esfuerzo académico por crear una cultura nacional, si bien descaminado, no era infundado. El objetivo de la Sociedad Arqueológica (1869), La Redentora (1869) y varias otras sociedades eruditas con sede en Cusco era proponer una visión de la cultura peruana centrada en los incas. Según estas asociaciones, Cusco era el corazón del Perú; Lima era un producto de la violencia colonial y los españoles la habían impuesto como un injerto a la nación. El Perú era ahora una república soberana, como en los días de los incas; era hora de trasladar la capital de la costa al altiplano. Esa mudanza también permitiría a los peruanos entender sus raíces indígenas y dar la espalda a las concepciones eurocéntricas y foráneas de la nacionalidad. Los miembros de la Sociedad Arqueológica recorrían los Andes para recolectar y catalogar artefactos incas que respaldaran su interpretación, y publicaban los resultados de su trabajo en opúsculos y artículos periodísticos que eran leídos por la élite en Lima y otros lugares (Flores Galindo, 1986; Tord, 1978). La Sociedad Arqueológica y la Academia desplegaban versiones antagónicas del significado de la peruanidad y competían por conquistar el corazón y la mente de la élite del país. Las campañas de la Sociedad para revalorizar la tradición andina dieron origen a un movimiento cultural en Lima y otros lugares. El yaraví, una melancólica melodía tocada por los indígenas andinos, hizo furor en las reuniones de la élite. Un contemporáneo señaló: «en nuestras tertulias se toca […] el yaraví, que ha desencadenado una verdadera revolución en los gustos musicales; los yaravíes ya no serán desdeñados [por nuestros criollos]» (El Nacional, 1876c, p. 2). La ropa inca, hecha de lana cruda y adornada con motivos incaicos, se puso de moda y se usaba en los bailes más elegantes de Lima, entre ellos el que daban una vez al año los miembros del club social más oligárquico de la ciudad, el Club de la Unión (1868) (Paulino Fuentes Castro, 1921, s/p). También los escritores y los poetas siguieron la moda y comenzaron a describir a los indígenas en términos comprensivos, así como a asignarles 179
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