La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

integrantes se desempeña en otras ocupaciones, pero obtenía ingresos adicionales con la enseñanza de música a hijos de la élite, la realización de conciertos o la actuación en reuniones familiares o privadas; por lo común, para tocar en ellas se contrataba a quienes eran de piel clara. Los miembros de la sociedad se turnaban para realizar conciertos gratuitos en plazas públicas una vez por mes; consideraban que esto formaba parte de su deber cívico, y por eso también describían la música como un bien público y no como una mercancía privada para pocos. Aducían esa misma razón para buscar un sostén económico del Estado, aunque su supervivencia no dependía de él, si ha de juzgarse por el firme crecimiento de la cantidad de asociados. Uno de estos utilizaba una terminología cívica para explicar el pedido del grupo: seguiremos solicitando al «gobierno recursos para poder continuar creciendo y desarrollándonos, derecho innegable de cualquier asociación que trabaje por el bien general» (Sociedad Filarmónica, 1866, p. 5). La mayoría de los fondos que solicitaban, y que nunca recibieron, debían emplearse para enviar a los músicos más talentosos del grupo a estudiar durante corto tiempo en un conservatorio europeo. Como tantos otros grupos, la entidad también funcionaba como una sociedad de socorros mutuos y amparaba a sus miembros y sus familias con un seguro de sepelio y de desempleo. Por lo que he podido comprobar, la asociación se desenvolvía de una manera relativamente cívica y democrática, y por eso sus miembros se mostraban tan activos y comprometidos unos con otros (Sociedad Filarmónica, 1866, pp. 4-5). Sociedades científicas y eruditas La mayor parte de estas asociaciones se crearon entre 1866 y 1875. Entre ellas, la Academia Nacional del Perú (1867), un grupo patrocinado por el Estado, tenía sesenta miembros, todos hombres influyentes del mundo del arte y la literatura. La meta de la Academia era desarrollar lo que llegó a denominarse «cultura nacional», esto es, una versión oficial de la imagen que la élite blanca de Lima se hacía de sí misma (Basadre, 1961-6, pp. 313-314). La Academia disfrutaba de un amplio apoyo del Estado, pero tenía escasa influencia sobre la vida cultural. Hasta la élite de la capital de la nación y del interior la consideraba un resto del pasado colonial. Según un contemporáneo, sus reuniones eran un anacronismo: Todo lo que se dice en esas reuniones está adornado de elegancia y austeridad y se basa en una etiqueta que era característica de nuestras viejas tertulias. […] Necesitamos otro tipo de reuniones, en las que haya mayor libertad y donde cada 178

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