La segunda parte (capítulos 2 y 3) propone un panorama general del paisaje público del Perú durante la etapa final del período colonial (décadas de 1750 a 1820). El capítulo 2 traza un breve esbozo de las prácticas institucionales en la sociedad civil, económica y política y la esfera pública. Esto permitirá a los lectores en general tener un conocimiento práctico de la vida pública peruana y evaluar la amplitud y la profundidad del autoritarismo en la región. El capítulo 3 examina los diversos movimientos anticoloniales que surgieron en Cusco y Huanta, con la intención de establecer si facilitaron o no a los ciudadanos la reestructuración de la vida pública y la ruptura con sus viejos hábitos. Aunque a lo largo del siglo XIX siguió constatándose una aparición intermitente de movimientos populares en el Perú, los grupos voluntarios terminarían por reemplazarlos como principales vehículos de democratización de la vida pública. La tercera y la cuarta partes (capítulos 4 a 6 y 7 a 9, respectivamente) constituyen el núcleo empírico de mi estudio. En ellas presento una descripción «semidensa» de la vida asociativa en el Perú poscolonial. He hecho hincapié en los vínculos entre las prácticas implícitas y la idea explícita que los peruanos tenían de la vida asociativa y el papel de unas y otra en la concepción que se hacían de la democracia moderna. En estas dos partes, el análisis se mueve a la manera de un contrapunto entre los distintos terrenos públicos (sociedad civil, sociedad económica, sociedad política y esfera pública), e intenta evaluar la profundidad y la amplitud de la inserción de las prácticas y formas de vida democráticas en cada uno de ellos. Los capítulos 4 a 6 examinan las prácticas públicas durante la primera mitad del siglo XIX. Los peruanos se apoyaban en estas asociaciones cívicas, económicas y políticas para dar materialidad a sus hábitos cívicos recién adquiridos. Al proporcionar una estimación numérica y una descripción de la vida cotidiana en estos grupos, mi objetivo ha sido mostrar la profundidad y la extensión del arraigo de las prácticas democráticas en el país. Para simplificar las cosas, he separado las estructuras institucionales de las prácticas socioculturales, pero en la vida real unas y otras eran indiscernibles. Los capítulos 7 a 9 están organizados como la parte anterior, pero se concentran en la segunda mitad del siglo, cuando la vida asociativa y las prácticas democráticas ya se habían institucionalizado, junto con el Estado recién centralizado y los mercados nacionales. Los peruanos podían ahora utilizar los recursos de esos tres ámbitos para mejorar sus oportunidades de 17
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