vida, aunque en mi análisis me he centrado principalmente en su manera de maniobrar a través de la vida pública (y no en el Estado y el mercado), con el objeto de evaluar el tipo de democracia que habían establecido en el país. Apelo con ese fin al examen de la capacidad de los ciudadanos en la vida cotidiana para: a) crear nuevos y diferentes tipos de asociaciones en los cuatro terrenos públicos; b) desarrollar redes sociales cada vez más complejas, extensas y duraderas, basadas en una diversidad de lazos (fuertes o débiles; directos o indirectos; locales, regionales o nacionales); c) proteger la autonomía institucional de la vida pública de las amenazas externas que le planteaban el Estado central, la iglesia católica, los mercados nacionales y los clanes familiares, y d) utilizar la terminología cívica en la vida diaria para comprenderse unos a otros. Si bien he dividido mi análisis empírico en tres momentos diferentes, las prácticas y formas de vida democráticas que cristalizaron durante cada uno de ellos se extendían hasta bien entrado el siguiente. Las prácticas surgidas en cada momento se asemejan a los estratos de roca superpuesta que forman parte de una única formación geológica. En vez de remontar la exploración de cada grupo de prácticas hasta su fuente original (según algunos académicos, los orígenes de la vida democrática en el Perú y más generalmente en América Latina deben situarse en la Castilla del siglo XVI), me interesa sobre todo ver cómo surgieron, cómo brotaron y cómo lograron progresar a partir de su punto de origen. Nuestra incapacidad para entender la vida poscolonial está relacionada, creo, con lo que los investigadores llaman hoy, de manera un tanto inexacta, el «problema de la Ilustración», es decir la costumbre de utilizar modelos abstractos para comprender formas específicas de vida. Tocqueville fue uno de los primeros en sostener que el terror jacobino era el resultado del tipo de racionalismo teórico que había llegado a ser dominante entre los intelectuales públicos de Francia en los años previos a la revolución. Tras el holocausto, pensadores tan disímiles como Hannah Arendt, François Furet, Theodor Adorno y Jean Starobinski, para no citar sino a unos pocos, trataron de explicitar los vínculos subterráneos que existen entre el racionalismo tecnocrático y la barbarie humana. Si bien no adhiero a la totalidad de sus argumentos, estoy convencido de que la hoja de la guillotina, las cámaras de gas y las «desapariciones» producidas durante las recientes dictaduras en el Perú y varios otros países latinoamericanos están relacionadas con el triunfo de la «civilización» en la región, para invertir los términos habituales de discusión que han 18
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