Los dineros públicos se despilfarraron y el gobierno perdió, una vez más, su credibilidad entre la ciudadanía. La opinión pública denunció, en artículos periodísticos, a la asociación y el ministerio por haber traicionado el ideal compartido de modernizar el país. Los miembros de la asociación con inquietudes cívicas se unieron a sus pares del ministerio y, juntos, lanzaron una vigorosa campaña para terminar con la corrupción. El ministro, con el respaldo de los reformadores del grupo, transformó la entidad en un cuerpo autónomo de su organismo (Colegio de Ingenieros del Perú, 1874-1, p. vii ). Como los integrantes de la asociación eran ahora empleados del Estado, el ministro tenía derecho a examinarlos para evaluar sus destrezas técnicas y su conocimiento práctico. Los treinta que no aprobaron el examen se vieron obligados a renunciar al ministerio, mientras que a los cincuenta restantes se les dieron matrículas para trabajar como ingenieros y arquitectos. Al años siguiente, estos últimos fueron destinados en su mayoría a trabajos en proyectos públicos fuera de Lima, donde se los necesitaba, en «localidades de la costa y en el campo, donde faltan las personas calificadas, lugares donde las empresas privadas no iban porque no les interesaba, o sitios donde cobraban demasiado por sus servicios» (Colegio de Ingenieros del Perú, 1874-1, pp. 52-53). Algunos de los miembros de la asociación renunciaron, pero los que se quedaron en el ministerio y fueron a trabajar durante breves períodos a comunidades remotas no estaban convencidos de que en esos lugares los quisieran. En efecto, fueran donde fuesen las autoridades municipales los veían como agentes del Estado central y como una amenaza para la autonomía local: «los proyectos locales deberían quedar en manos del municipio» (Colegio de Ingenieros del Perú, 1874-2, p. 8). El ministro cedió y, a mediados de la década de 1870, la «mayoría de ellos» fueron redestinados a Lima. Las consecuencias de esta medida fueron desastrosas (Junta Central del Cuerpo de Ingenieros y Arquitectos del Estado, 1874, p. 7). Los proyectos de construcción se interrumpieron en la mayor parte de las comunidades. El retorno de los ingenieros y arquitectos a la capital no dio origen a una autonomía local. Si algo cabe decir, es que la erosionó aún más, al privar a los residentes del lugar de los servicios públicos más básicos y hacerles perder la poca fe que ya tenían en las municipalidades. La Sociedad Filarmónica (1863) estaba compuesta por músicos, tanto de piel clara como de piel oscura, y tenía un promedio de doscientos asociados, todos de Lima, donde el grupo tenía su sede. La mayoría de los 177
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