desalentaba la inscripción en ellos de negros y personas de piel oscura. Los que a pesar de todo se inscribían solían reprobar. Es difícil saber si no aprobaban porque carecían de conocimientos científicos básicos, por ejemplo de química o biología, o porque sus profesores, todos miembros de la asociación, trataban de impedir que se incorporaran a ella. Sea como fuere, bien puede ser que ambas razones fueran una sola. Como ya he indicado, la Sociedad tomó las medidas adecuadas para mejorar las aptitudes de sus asociados del interior, pero no estaba dispuesta a hacer lo mismo con los de la capital. Cuando se trataba de comadronas y herbolarios, la Sociedad Médica adoptaba diferentes actitudes. En el caso de las primeras, se las instaba a anotarse en los cursos dictados por médicos matriculados de la asociación, y se les entregaba un diploma. Quienes no lo conseguían, sin embargo, no podían asociarse a la entidad. Al parecer, los médicos utilizaban los cursos para aprender de ellas técnicas de parto y otras aptitudes y procedimientos especiales de atención de las mujeres. Una vez adquirido ese conocimiento, las comadronas fueron expulsadas de la Sociedad. En el caso de los herbolarios, esta no podía prohibirles el ejercicio de la medicina homeopática. La disputa se desató poco después de la inauguración del Jardín Botánico de Lima, en 1865, cuando los médicos empezaron a interesarse en la «farmacología» y el estudio de las plantas. La Sociedad y los herbolarios se criticaban recíprocamente en público; la primera se valía de las páginas de la Gaceta Médica, su tabloide, y los segundos contaban con clientes que publicaban cartas y artículos en su defensa en El Comercio, el diario más importante del país. Los herbolarios calificaban de «monopolistas» a los médicos de la asociación, que eran a su entender enemigos de la libertad personal y también de la libertad pública, un remanente del pasado colonial139. El conflicto se prolongó varios años, y en 1869, durante la epidemia de fiebre amarilla que sembró la muerte en tantas familias de Lima y el Callao, los herbolarios se granjearon respeto. Desde un punto de vista médico es difícil saber si efectivamente impidieron que hubiera más víctimas o curaron a alguien, pero después de la epidemia la opinión pública se volcó en su favor. La lucha entre la Sociedad Médica y los herbolarios por el estatus público y el control del conocimiento médico se extendió otros dos decenios. La asociación brindaba un trato igualitario a sus miembros de piel clara, pero no adoptaba la misma actitud con aquellos a quienes consideraba «contaminados». El trato que estos recibían en la entidad también los 174
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