municipalidades, pero las principales responsables de darles nueva vida eran las asociaciones locales. Eran ellas las que presionaban al municipio para que invirtiera en escuelas, y ellas, también, las que supervisaban el destino de los fondos estatales recibidos. Varias asociaciones aportaban incluso fondos similares a las escuelas que no disfrutaban de una adecuada subvención municipal (González Vigil, 1858, pp. 112-118; 1873, pp. 1-2). Las asociaciones educativas impartían una instrucción básica a los hijos de los trabajadores pobres (Sociedad Amantes del Saber, 1871, pp. 3-5; El Obrero, 1873a; Paredes, 1875, p. 2; El Artesano, 1873d; 1873f; Fuentes, 1866a, p. 187; El Comercio, 1874c). La Sociedad Hijos del Pueblo (1864) proclamaba su compromiso de «brindar educación a […] los artesanos y cualquier otra persona, sin tener en cuenta su clase social o su origen nacional» (Bolognesi, 1864, pp. 3-4; Los Hijos del Pueblo, 1874, p. 2). Pese a una oposición inicial de las familias trabajadoras, esa institución consiguió escolarizar a las niñas (Los Hijos del Pueblo, 1864, p. 2). Además de enseñar a los niños los rudimentos de la lectura, la escritura la aritmética, estos grupos también los ejercitaban en la democracia cívica. Utilizaban «catecismos», como el escrito por Francisco de Paula González Vigil, que había sido encargado por la municipalidad del Callao y reeditado muchas veces, para inculcarles nociones democráticas (González Vigil, 1859). Los grupos educativos hacían campañas para abolir el castigo corporal en las escuelas y el hogar. En palabras de un miembro de la Sociedad de Amantes del Saber: «nos oponemos al régimen de castigos que todavía tiene amplia vigencia en nuestras escuelas, y por esa razón nuestros métodos de enseñanza se basan en la libertad y solo exigen de los estudiantes rivalidad intelectual y empeño, y nada más» (El Comercio, 1974, p. 2). Los castigos corporales y la libertad democrática eran antitéticos entre sí. Era menester estimular a los estudiantes y recompensarlos con premios, pero este método tenía inconvenientes propios. Una atención pródiga a un estudiante «en una edad temprana, fomenta sentimientos de superioridad sobre los demás, prepara […] la envidia [y] […] el niño […] está expuesto a ser víctima de la más negra de las pasiones» (Zegers, 1861, p. 111). El futuro de la democracia cívica en el Perú dependía de sus niños, y por eso las asociaciones educativas se interesaban tanto en inculcarles los hábitos apropiados. Pero, como he señalado antes, sencillamente no había en el país la cantidad suficiente de grupos de este tipo para llevar a cabo la tarea de la resocialización. 172
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