La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

y la Sociedad también tenían un pequeño equipo de abogados que ofrecían sus servicios sin cargo. Su papel era de especial importancia en el interior de los departamentos de La Libertad y Lima, donde la palabra de los dueños de las plantaciones de azúcar y algodón se había convertido en ley. Estos abogados presionaban a los magistrados locales y exigían que fueran imparciales y justos en sus fallos. La Junta contribuyó a democratizar la vida diaria en el campo, donde el autoritarismo seguía enquistado. Para evaluar el esfuerzo de la Junta lo más pertinente es mostrar el comentario que sus enemigos, los productores azucareros y algodoneros de los departamentos de La Libertad y Lima, hacían sobre su trabajo: En el país está diseminándose un cáncer. Ese cáncer infecta la agricultura y pone en riesgo nuestro futuro. La Junta, compuesta de elementos criminales, con el respaldo de algunos […] intendentes locales […] [es responsable de esta situación]. Estos últimos han dejado de perseguir […] a los asiáticos. Ya no son imparciales ni capaces de hacer cumplir nuestras leyes y proteger la justicia. […] Hay en curso un trabajo de zapa contra los terratenientes costeros (El Comercio, 1870, p. 4). Para intentar desacreditar a la Junta, los dueños de plantaciones sostenían que esta fomentaba el odio racial y planeaba una «guerra de castas», el mismo argumento que los terratenientes habían planteado contra la Sociedad de Amigos de los Indios. Organizada por inmigrantes y residentes italianos de larga data, la Sociedad Italiana de Beneficencia y Asistencia (1862) tenía como principal función la de proporcionar a sus asociados atención médica, un seguro de salud y un seguro de sepelio, junto con empleos y oportunidades educativas, incluyendo el otorgamiento de préstamos pequeños para iniciar un negocio o cancelar una deuda, información sobre puestos de trabajo y becas para facilitar la asistencia de sus hijos a clases. La oficina central de la Sociedad estaba en Lima, pero también había delegaciones locales en varios departamentos. La totalidad de su millar de asociados disfrutaba de los mismos beneficios, un aspecto digno de destacarse dado que quienes vivían en el interior eran de origen relativamente modesto, en tanto que los residentes en Lima y las cercanías eran familias de la élite. Las cuotas eran reducidas y hasta los asociados más pobres podían pagarlas; quienes no estaban en condiciones de hacerlo recibían una subvención del grupo. Los miembros que ya habían consolidado su lugar en la sociedad peruana seguían comprometidos con la institución. Reembolsaban a esta, en términos tanto financieros como sociales, los préstamos que le habían 168

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx