La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

propietarios» (El Heraldo Masónico, 1862d, p. 2). Como otros integrantes de la élite, los masones no tenían casi ningún lazo con quienes no pertenecían a su círculo social, ni siquiera con los artesanos, a quienes consideraban la encarnación de sus propios ideales de «virtud», «trabajo» y «servicio». Los artesanos de piel oscura y los masones de piel clara no se mezclaban en la vida pública ni en casi ninguna asociación cívica o económica (El Heraldo Masónico, 1862d, p. 2; 1862c, p. 2). En todo caso, las cuotas que se pagaban en la mayor parte de las logias estaban muy por encima de los medios de un artesano (El Heraldo Masónico, 1862d, p. 2; 1862c, p. 2). En la mayoría de las logias la gobernanza tenía sus raíces en formas autoritarias de vida. Los directivos salientes, en consulta con sus mayores y otros notables, eran los responsables de seleccionar a quienes los reemplazarían. También estaban encargados de tomar todas las decisiones correspondientes al grupo, y lo hacían en privado, a puertas cerradas (López Albújar, 1961, pp. 329-330). Las bases, como los dirigentes, mostraban deferencia y respeto por los mayores del grupo; los miembros más jóvenes acudían a estos en busca de consejo y esperaban con ansia el día en que habrían de ocupar su lugar. Las prácticas gerontocráticas daban a las logias la cohesión socioorganizacional que necesitaban para mantenerse a flote a despecho de la inestabilidad que seguía infestando la vida pública. La vida cotidiana en este tipo de asociación era sin lugar a dudas autoritaria. Las diferencias de estatus de las que se valía la élite peruana para establecer jerarquizaciones en la vida pública también dividían a los masones, cuyos miembros solían determinar el rango de sus pares en función del linaje familiar y la riqueza. Los rituales masónicos permitían a la vieja y la nueva élite borrar algunas de sus diferencias. A comienzos de la década de 1860 las logias peruanas recibieron del Supremo Consejo de Londres la «patente» que las reconocía como miembros genuinos del rito escocés. De allí en más estarían obligadas a adherir al protocolo. «Bautizaban» a sus miembros y les asignaban un nuevo «nombre» y una «edad» (basada en los años de pertenencia al grupo; a los ingresantes se les asignaba un año), y de ese modo los despojaban de su identidad pública. Este y otros rituales desdibujaban la diferencia de estatus entre los miembros de la élite y erosionaban las prácticas gerontocráticas de cada logia (El Heraldo Masónico, 1862b, p. 1). En las reuniones se aconsejaba a los hermanos no «exhibir la riqueza, los títulos y las distinciones de 163

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