La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

los únicos no católicos del Perú. Las sociedades de socorros mutuos proporcionaban a sus asociados un lugar donde podían fusionar las ideas cívicas y religiosas, aunque la Iglesia no quería que lo hicieran. Los miembros de estos grupos no estaban «secularizándose» en el estricto sentido de la palabra: mantenían su adhesión al catolicismo, pero ahora criticaban a la Iglesia. Los peruanos comenzaban a convencerse de que fe religiosa y tolerancia cívica eran compatibles. Las sociedades de socorros mutuos otorgaban a sus miembros un espacio donde practicar la democracia cívica en la vida diaria. Las elecciones anuales de comisión directiva solían ser competitivas y se celebraban bajo el control de los propios asociados o de un comité elegido por ellos. Los votos se escrutaban en una reunión mensual, y en casos de fraude se convocaba a una nueva elección (Crisóstomo Mendoza y otros, 1874, pp. 3-4; Sociedad Fraternal del Rímac, 1863, p. 6.). Los asociados de base de la Sociedad Humanitaria (1866) acusaron a toda la dirigencia de fraude. Según un disgustado miembro, sus actos estuvieron a punto de provocar la desaparición del grupo: «casi desaparecimos, pero la mayoría [de los asociados] […] cumplió con su deber y exigió elecciones limpias. De este modo la asociación se salvó; desde entonces hemos reformado nuestro reglamento [para impedir que esto vuelva a suceder]» (El Comercio, 1859b, p. 2). Los asociados también controlaban al tesorero, que tenía la obligación de presentar informes mensuales en las reuniones y permitir que cualquier miembro auditara sus libros (Mendoza y otros, 1874, p. 3; Sociedad Fraternal del Rímac, 1863, p. 6). En las sociedades de socorros mutuos, los ciudadanos se comprometían a celebrar elecciones limpias y exigían a los directivos responder a sus representados y rendirles cuentas. Las sociedades de socorros mutuos regulaban los «actos de habla» de sus asociados. En las reuniones mensuales de la Sociedad Tipográfica, los directivos prohibían a los miembros «hablar más de dos veces sobre el mismo tema», a fin de desalentar los intentos de la élite de monopolizar el debate y brindar a los menos experimentados una oportunidad de participar en él (Marisca, Monterola & Sánchez, 1865, p. 12). Algunos grupos imponían una «ley mordaza» a los miembros y les prohibían hablar de política. El señor Gabriel Corante, presidente de la Sociedad Fraternal, resumía sus puntos de vista en el discurso de asunción del cargo: Con el fin de evitar más discordia y desunión, lo mejor es evitar las discusiones políticas; en todo caso, nuestro reglamento las prohíbe. Estas discusiones atentan 161

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