La libertad democrática no era, como algunos pretendían, la completa ausencia de restricciones individuales; eso solo conducía a la pasión sin freno. El egoísmo propiamente entendido tenía que basarse en la reciprocidad y los límites a la libertad individual. Los escritores públicos también discutían la cuestión de las prácticas cívicas y la vida asociativa en la sociedad política. En su mayor parte ponían el acento en el papel de las municipalidades en el desarrollo de un régimen democrático y federalista. La manera más eficaz de que los ciudadanos superaran sus pasiones era organizar municipalidades: Los ciudadanos que vivan aislados y sin vínculos entre sí sucumbirán a sus peores impulsos basados en el faccionalismo y el despotismo. […] Estas personas invocan el bien público para disfrazar sus pasiones egoístas. Pero cuando un hombre participa en una municipalidad, se transforma en ciudadano y aprende a conocer sus derechos y obligaciones (El Progreso, 1849c, pp. 2-3)131. Las municipalidades también eran importantes en otro aspecto: descentralizaban el poder y de tal modo daban a los ciudadanos la oportunidad de ejercer el autogobierno: La soberanía del pueblo es una noción vacía sin la presencia de municipalidades, cuya principal función es modelar el espíritu público. La idea que las funda es que cada comunidad es el mejor juez de su propio interés, y esto es doblemente importante en el Perú, donde siempre se dice que el gobierno central […] es el tutor [de la nación]. ¿Qué tipo de soberanía democrática puede existir en esas condiciones? Tal como hoy están las cosas, la nación tiene solo dos opciones: o bien apelar al Congreso, que, por carecer del más elemental conocimiento acerca de las circunstancias locales, a menudo rechaza sus peticiones, o bien apelar al gobierno central, que, al igual que el Congreso, no está informado y, en todo caso, carece de la capacidad institucional de aplicar la política que decida. […] La creación de municipalidades en el Perú […] convendrá a nuestras escuelas y nos impartirá la primera lección sobre política. […] Para que una democracia exista, cada individuo debe poder ser el juez de su propio interés (El Progreso, 1849e, p. 2). Con la excepción del artículo publicado por los artesanos, el problema de todos estos debates es que se mantenían en el plano programático y eran de escasa relevancia para la mayoría de los peruanos. El Perú era una dictadura militar. La mayor parte de los escritores públicos del país se oponía a la democracia cívica y la vida asociativa y seguía utilizando la terminología católica colonial para forjarse una idea de sí mismos y de los otros. A su modo de ver, «el despotismo es el único 150
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