La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

artesanos publicaron varios artículos en El Comercio, en defensa de su derecho a asociarse libremente: Algunos sectores de la sociedad se han alarmado ante el despertar de un espíritu asociativo entre los artesanos. […] Hasta ahora, hemos sido una masa inerte […] sin disfrutar de los beneficios y las ventajas que ofrece la democracia. […] En nuestro país solo prosperan los ricos, y por eso la igualdad social sigue siendo algo ajeno a nosotros. El gobierno debe intervenir y tender su mano protectora para que podamos aprender a asociarnos, como quiere nuestro sueño (El Comercio, 1851d, p. 3). Los artesanos demandaban que el gobierno estableciera barreras arancelarias y los asistiera en la creación de asociaciones de socorros mutuos y crédito a fin de permitirles proteger sus talleres contra las importaciones extranjeras y los usureros. Los trabajadores calificados de Lima estaban demasiado desorganizados y eran demasiado débiles para lograr algo por sus propios medios, y por eso recurrían al gobierno en busca de ayuda. Adviértase que su pedido no se fundaba en sus derechos sociales y económicos como ciudadanos del Perú, sino que se formulaba en términos clientelistas en cuanto trabajadores necesitados de tutela y protección. Los escritores públicos también debatían la necesidad de civismo en la sociedad económica. En 1849, El Progreso sugirió otro tanto: Nuestra principal necesidad [en estos momentos], la única que sin lugar a dudas es de la más vital importancia para nosotros, es la preservación y consolidación de nuestra moral [pública] en lo referido a las transacciones comerciales. […] Las transformaciones [provocadas por la democracia y] basadas en la libertad han dado origen a […] profundas perturbaciones morales, que afectan a todas las clases sociales (El Progreso, 1849b, p. 1). La difusión de la igualdad social era, según este punto de vista, responsable de debilitar los vínculos morales que hacían posible a los comerciantes llevar a buen puerto sus transacciones. Los hombres de negocios estaban sumamente preocupados por la erosión que las prácticas democráticas generaban en la confianza social entre ellos: Los fundadores de nuestra independencia creían que estábamos dotados de virtud republicana por el mero hecho de declarar democrático a nuestro país. […] Desde ese momento en adelante, bajo el falso pretexto de la libertad, los comerciantes se dedicaron a hacer negocios con grandes almacenes y pequeñas tiendas, a abrir nuevas cuentas y a comprar mercaderías a crédito [sin pagarlas jamás] (El Progreso, 1849d, p. 3; El Comercio, 1845b, p. 2). 149

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