Los intelectuales públicos estaban convencidos de que la manera más eficaz de democratizar el Perú consistía en modificar la opinión pública y promover la vida asociativa. Aunque consideraban importantes ambas cosas, en sus escritos hacían hincapié habitualmente en una u otra. La primera y más explícita declaración acerca del significado de la opinión pública en el Perú apareció a fines de la década de 1830 en un artículo publicado en El Comercio: Antes [de la aparición de la opinión pública en nuestro país] era necesario hacer una profunda exploración en la conciencia privada de cada persona […] a fin de conocer sus ideas […], pero hoy todo se hace públicamente. […] Y por eso el secreto era tan importante, mientras que en nuestros días es la publicidad la que cumple el mismo papel. La prensa ha transformado por completo el arte y el estilo de gobernar, así como las invenciones tecnológicas han modificado el arte de la guerra (El Comercio, 1839a, p. 2). No es una coincidencia que el autor usara en la última oración la metáfora de la guerra para describir la opinión pública. Como otros escritores de la época, el jefe de redacción de El Comercio tenía una concepción schmittiana de la política («la guerra por otros medios») y favorecía la idea de transformar la «violencia política» en «actos de habla» o, mejor dicho, «palabras combatientes». Los intelectuales públicos discrepaban acerca de la manera de generar una opinión pública y difundir la deliberación crítica. Como eran muy pocos los ciudadanos que tenían capacidades de lectoescritura y menos aún los que hablaban con fluidez el español, un grupo de escritores propuso una solución estatista y tecnocrática: El gobierno […] tiene la responsabilidad de […] reanimar nuestro cuerpo social y nuestro espíritu público, y podrá hacerlo si organiza discusiones equilibradas e imparciales sobre inquietudes comunes. Esto permitirá a la prensa ser una fuente de poder público y un aliado de la democracia (El Progreso, 1850a, p. 7)130. Según esta idea, los funcionarios gubernamentales eran responsables de concebir las políticas que debían seguirse e inculcarlas e informarlas a los ciudadanos; estos, por su parte, tenían la responsabilidad de escucharlos con atención. El otro grupo promovía una concepción asociativa de la deliberación: En el pasado nunca tuvimos [ninguna asociación] y todavía nos cuesta mucho crearlas debido a nuestra […] falta de nacionalismo y el hecho de que aún no circula en el torrente sanguíneo de la ciudadanía el bien público que es el fuego 147
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