EL RELATO DEMOCRÁTICO Entre 1830 y 1850 los peruanos utilizaron rara vez el catolicismo cívico en las discusiones públicas. A comienzos de la década de 1850, un pequeño grupo de hombres de la élite que participaban en un puñado de clubes electorales limeños empezó a valerse de la terminología y las expresiones de ese catolicismo para discutir cuestiones programáticas abstractas. El primero y más explícito uso de las palabras claves del catolicismo cívico se registró en 1849, en un artículo titulado «Espíritu de asociación» y publicado por el Club Progresista en El Progreso. El artículo lamentaba la ausencia de grupos voluntarios en el Perú: «el espíritu de asociación, cuando se aplica a alguna meta, tiene el potencial de convertirse en el principal agente y motor del progreso [pero] el Perú sigue siendo uno de los pocos países sudamericanos donde ese espíritu todavía no se ha manifestado» (El Progreso, 1849i, pp. 3-4). La falta de vida asociativa en el país pasó a ser un problema central y recurrente para los miembros del Club Progresista: «es imposible formarse un juicio mucho más triste de nuestra sociedad; los ciudadanos siguen mostrándose incapaces de crear asociaciones y comprometerse con el bien común» (El Progreso, 1949j, p. 2). La Cartilla del pueblo sobre principios democráticos de José Nájera tuvo amplia circulación entre la élite y el pueblo llano de Lima. Escrita en la forma de un «catecismo político», utilizaba un procedimiento de preguntas y respuestas que era típico de los manuales religiosos. En respuesta a la pregunta «¿Qué es la democracia?», Nájera escribía: La democracia es como la ley de Dios, aplicable a todos los lugares, y en todos los tiempos; sin más diferencia que la religión considera a los hombres como deben ser, reservándose su juicio para la otra vida, y la democracia los considera y juzga como son […]. [Lo que es similar en ellas es] la igualdad, la libertad (pp. 8 y 44). En términos retóricos, la Cartilla efectuaba una doble maniobra: por un lado, reunía religión y democracia, pero por otro las separaba al limitar la primera a los asuntos del «otro mundo» y la segunda a las preocupaciones «mundanas». La jerarquía de la Iglesia rechazó esta interpretación, que ahora, empero, estaba muy difundida entre los sacerdotes y los fieles. La domesticación de las pasiones y la liberación de la virtud 146
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