La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

Los indígenas tenían un papel predominante en las festividades religiosas que se celebraban en el campo. En la ciudad de Jauja, a fines de la década de 1830, los residentes locales celebraron el día de santa Helena, su santa patrona, participando en lo que los antropólogos llaman «guerra ritualizada»: [Los indios] se dividieron en dos bandos, unos mil de cada lado, se desplegaron en formación de combate e iniciaron la batalla con sus hondas. Las mujeres llevaban las piedras, gritaban y los estimulaban con chicha para que siguieran combatiendo, arrastraban a los caídos y los quitaban [a un lado]. Era terrible verlo […] [luego] se trabaron en combate cuerpo a cuerpo con palos y cuchillos, unos en persecución de otros […]. Al caer la tarde, los más débiles de ambos bandos fueron desalojados de la plaza central (Tschudi, 1966, p. 120). En la región andina, la guerra ritualizada siempre sirvió para «integrar» a los miembros de la comunidad, ya que les proporcionaba un medio de liberar su ira de una manera relativamente contenida y limitada, para restaurar con ello la cohesión social del grupo. Es importante señalar, sin embargo, que si bien en Jauja vivía una gran cantidad de criollos de piel blanca y mestizos, estos rara vez participaban en las mismas celebraciones. La guerra ritualizada unía a los indígenas de la comunidad y a la vez los separaba del resto129. Las celebraciones religiosas contribuían a reforzar las diferencias raciales y étnicas, y a la vez impedían el surgimiento de otras más generales, fundadas en las nociones de igualdad democrática y soberanía nacional. La opinión pública también se expresaba en murales al aire libre. En Lima, a lo largo de las murallas de la ciudad que corrían paralelas al río Rímac, junto a la alameda de los Descalzos, el parque favorito de la élite, había un mural que representa la idea más extraña que sea dado imaginarse. Se lo llama «El mundo al revés» [y en él] el orden de la naturaleza está […] invertido: hay caballos montados sobre la espalda de hombres y perros que cuelgan a hombres por los talones, y también puede verse a unos cuantos peces parados sobre la punta de la cola a orillas de un arroyo, con cañas de pescar sostenidas por la boca y con las cuales pescan a los hombres que se asoman en busca de la carnada (Smith, 1839-1, p. 151). Este mural actuaba como un vívido recordatorio, tanto para la élite como para el pueblo llano, de la brutalidad de la conquista y las persistentes divisiones raciales y étnicas que amenazaban inundar la vida pública. 145

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