La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

«¿Por qué es que en nuestro país el 28 de julio y la victoria de Ayacucho, las dos batallas más significativas que se libraron contra la dominación española, no despiertan otra cosa que apatía?» (citado en Dávalos y Lissón, 1936-4, pp. 226-227). Los rituales patrióticos eran tan exánimes que en la década de 1850 hasta el presidente dejó de organizar un banquete y baile privados para la élite de la ciudad en el Palacio Nacional128. Esos rituales se basaban en nociones pasivas y excluyentes de ciudadanía y nacionalidad, mientras que las fiestas religiosas tenían sus raíces en principios opuestos. Las celebraciones religiosas contribuían a la cohesión socioétnica y la integración política. El cónsul francés, el vizconde Eugène de Sartiges, las describía así: «las festividades religiosas y las solemnidades públicas son numerosas en Lima y han probado ser muy exitosas para disipar momentáneamente el odio que divide a los limeños y que a la menor oportunidad se reaviva con creciente intensidad» (Sartiges & Botmiliau, 1947, p. 122). Cada comunidad coreografiaba a su manera las celebraciones religiosas. En las áreas urbanas, el pueblo llano les daba su impronta. Durante su visita a Arequipa, en el sur, Flora Tristán asistió a una de las festividades religiosas más importantes, en honor al santo patrono de la ciudad: A la cabeza de la procesión marchaban las bandas de músicos y de bailarines, todos disfrazados. Algunos negros y zambos se alquilan por un real. La iglesia los disfraza con las vestimentas más burlescas. Los viste de pierrot, de arlequines, de tontos […]. Los cuarenta o cincuenta bailarines hacían gestos y contorsiones de una cínica desvergüenza y molestaban a las negras y a las muchachas de color formadas en fila dirigiéndoles toda clase de bromas obscenas. […] después de los bailarines aparecía la Virgen vestida con magnificencia. Su traje de terciopelo estaba guarnecido de perlas. Tenía diamantes sobre la cabeza, en el cuello y en las manos. Veinte o treinta negros cargaban esta imagen, detrás de la cual iba el obispo seguido de todo el clero […] [y] los religiosos de todos los conventos […]. Las autoridades terminaban la fila oficial, a la que seguía sin ningún orden la masa del pueblo que reía, gritaba y creía estar nada menos que en oración (Tristán, 1946, p. 170). En Arequipa y otras grandes ciudades las celebraciones religiosas invertían la jerarquía simbólica instaurada por los funcionarios del Estado. En el desfile, los eclesiásticos ocupaban un lugar más destacado que las autoridades gubernamentales. 144

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