En el interior, la vida teatral tenía radicales diferencias con respecto a la capital y atraía sobre todo a los indígenas, a quienes daba la oportunidad de representarse en público en el escenario sin tener que mostrarse a imagen y semejanza de los criollos de piel clara. Los indígenas montaban sus propias obras. En la década de 1840, un residente de larga data en el Perú visitó Pallasca, un pueblo de Áncash con una población de dos mil habitantes, y dejó esta descripción de una función: Un indio con una pequeña corona […] y un largo bastón de mando en la mano, con un espejito incrustado en la punta, representando a Atahualpa; junto a él estaba su amigo y ministro Chimunga [sic], vestido de la misma forma, y al lado [de ellos] integrantes de su corte, un séquito de muchos hombres y mujeres, al igual que mozas (Witt, 1987-1, p. 143). En todo el interior los indígenas utilizaban la vida teatral para revivir su pasado imaginado, un pasado que tenía poco que ver con el resto de la república peruana. El teatro indígena era especialmente dinámico en el sur, en Cusco, Ayacucho y Puno, donde vivían la mayor parte de los campesinos: En determinados días, los indios se reúnen al anochecer en las chozas de los ancianos de la aldea o del cacique, que les cuenta la historia de los incas, los hechos de sus descendientes y los de la insurrección de Túpac Amaru […]; así inculca en ellos el odio a los pucacungas, y, mostrándoles efigies de los gobernantes pasados, les da la certeza de que pronto se reinstaurará el reino de los suyos (McGregor, 1975, p. 145). Estas prácticas comunicativas enraizadas en nociones indígenas de memoria colectiva competían con las centradas en el Estado, aunque también obstaculizaban la difusión de la opinión pública. Antes de 1850, para representarse en la vida pública, los grupos plebeyos y los indígenas se apoyaban principalmente en las celebraciones religiosas y no en las festividades patrióticas (Bell, 1992, pp. 182-196 y 227-234). En la década de 1840, El Comercio describía las festividades del año como siempre las habían descrito sus periodistas y otros intelectuales públicos, a saber, «una ceremonia fría, ridícula y pretenciosa» (El Comercio, 1839b, pp. 1-2; 1940a, p. 2; 1940b, p. 2; Sartiges & Botmiliau, 1947, p. 122). En una visita a Chile a comienzos de la década siguiente, el jefe de redacción de La Semana, José Arnaldo Márquez, se sorprendió ante el despliegue de patriotismo y entusiasmo de los ciudadanos de ese país. Publicó entonces un artículo sobre el tema, que concluía con esta pregunta: 143
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