En la ciudad meridional de Arequipa, la segunda más importante del país, las damas de la élite también resquebrajaban el control masculino de la vida pública, pero lo hacían con una elegancia característica. Según un visitante, «las mujeres [de esta ciudad] […] hacen pocas visitas, y se conforman con mantener una comunicación verbal por medio de sus doncellas y un constante intercambio de flores, frutas y dulces» (Marcoy, 1875-1, p. 39). Las doncellas dedicaban las mañanas a hacer visitas de cortesía a las otras casas, donde se reunían, pasaban la información sobre los sucesos del día y se entregaban a formas ritualizadas de don a fin de consolidar los lazos sociales que existían entre las matriarcas de la ciudad. Estas también invitaban a los hombres a visitarlas en sus hogares, y utilizaban a sus huéspedes para reunir información adicional. Si bien los hombres controlaban la prensa, el púlpito y otros canales de comunicación pública en Arequipa, las mujeres lograban eludirlos y establecer su propia red de información enraizada en la vida privada y basada en los rumores y los chismes. En Lima, los periódicos y los panfletos circulaban «de los cafés y las pulperías a otros lugares, y la gente [a lo largo del camino] siempre hace la misma pregunta: “¿qué novedades hay?”» (El Comercio, 1842e, p. 2). Los plebeyos se reunían en las pulperías, los comederos de trabajadores (chicherías) y las tabernas de barrio (chinganas) para discutir los asuntos públicos. Casi todos estos establecimientos se encontraban en los barrios más pobres y racialmente mixtos de la ciudad126. Las pulperías eran frecuentadas por «cholos, zambos y negros», y no muchos blancos (Radiguet, 1971, p. 40). Las chicherías, en contraste, atraían a «negros congos […], hoscos criollos blancos, atractivas mujeres blancas, mulatas encopetadas, monjes, soldados y comerciantes» (Tschudi, 1966, p. 144). La cuarta parte de las tabernas era de propiedad de mujeres, mientras que otro 50% estaba en manos de negros. El pueblo llano de todos los orígenes raciales y étnicos era bienvenido a esos establecimientos, a los que concurría a menudo para compartir las últimas noticias sobre viviendas, puestos de trabajo y oportunidades de matrimonio (Hunefeldt, 1994, pp. 74-76 y 172-173; Aguirre, 1993, pp. 81-92). Las tabernas, chicherías y pulperías se contaban entre los escasos lugares donde los plebeyos, bien alejados de la élite, podían conversar de asuntos políticos y religiosos en un ambiente relajado y jovial. En 1835, bajo el gobierno autoritario del general Salaverry, el ejército desató una campaña de terror contra los oprimidos de Lima. Como parte 140
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