lazos personales cobraron mucha más importancia que las diferencias ideológicas. Las anfitrionas más resueltas e inteligentes de los salones manipulaban esos lazos a fin de que el general al que se oponían volviera a sus cuarteles. En abril de 1834, ocho de los generales más leales al presidente Gamarra firmaron una tregua con sus pares en el campo de batalla de Maquinhuayo (Basadre y Chocano, 1953, p. 16; Bilbao, 1867, p. 145). La vida de los salones radicalizó las relaciones familiares pero también sirvió para humanizar las diferencias políticas y es la razón por la cual, pese a incontables guerras civiles, el Perú nunca pasó por un «reino del terror» similar al vivido en la Francia jacobina125. Redes de rumores y chismes La transformación de las reuniones familiares limeñas en centros de adoctrinamiento y agitación políticos despojó a las tenaces matriarcas de su papel tradicional de anfitrionas y llevó a muchas de ellas a las calles. Antes de salir de su casa, estas mujeres se ponían sus «sayas y mantos» y se velaban a tal punto que eran difíciles de reconocer aun para los miembros de su familia. Las señoras de la élite dedicaban parte del día a pasear sin escolta por las calles de la ciudad; Flora Tristán dijo que las «tapadas» de Lima eran aún más emancipadas que las mujeres de París (Radiguet, 1971, p. 39; Lastarria, 1967, p. 55; Tristán, 1946, p. 401). El pueblo llano sentía un particular agrado por las limeñas tapadas y nada lo hacía más feliz que protegerlas: el «populacho urbano castigaba […] a cualquier malhechor» que tratara de poner al descubierto su identidad (Tschudi, 1966, p. 110). En la época colonial, el uso del velo había sido una expresión de la docilidad de la mujer hacia su marido, pero ahora era, según el célebre escritor chileno José Victorino Lastarria, una manifestación de emancipación: La saya y manto son las armas de la independencia de la mujer, y ellas han hecho más por la elevación y por la influencia del bello sexo, que los libros y congresos con que las francesas han procurado conquistarlas. […] Con la saya y manto dominan las mujeres en el paseo, en la barra de las Cámaras, y hasta en el templo (Lastarria, 1967, p. 101). Las mujeres llegaban así a formar parte de una compleja red comunicativa que se extendía desde las cámaras del congreso hasta la iglesia parroquial y el hogar. Desde mediados de la década de 1850, el gobierno, bajo presión de los hombres de Lima, prohibió el uso de la saya y el manto (Skogman, 1967, p. 122; Lastarria, 1967, p. 101). 139
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